La lengua libre en la boca: Reflexiones sobre la Libertad de Expresión, sus derechos y responsabilidades

Por: Crisanto Obadía
Aspirante a ayudante de filósofo

Un don precioso

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre».

Con estas palabras inmortales de Don Quijote, celebramos hoy, 1 de setiembre, el Día de la Libertad de Expresión, fecha instituida en honor al natalicio del Dr. José María Castro Madriz, primer presidente de Costa Rica, quien impulsó el derecho fundamental de toda persona a expresar lo que piensa sin peligro alguno. Pero, ¿qué implica verdaderamente este precioso don? ¿Es acaso un derecho absoluto, o lleva consigo responsabilidades que nos exigen una profunda reflexión filosófica?

Filosofía y fundamentos de la libertad de expresión

La libertad de expresión no es un capricho moderno ni una concesión graciosa del poder. Es, como bien señala el filósofo Baruch Spinoza en su Tratado Teológico-Político, la esencia misma del Estado: «el verdadero fin del Estado es la libertad», y no convertir a los hombres «de seres racionales en bestias o autómatas» . Spinoza, con su agudeza característica, nos recuerda que es imposible prohibir a un hombre pensar libremente, aunque no lo exprese en voz alta.

En el debate filosófico contemporáneo, la libertad de expresión se justifica desde dos grandes familias teóricas: quienes la entienden como expresión de la autonomía de las personas, y quienes la comprenden como una precondición indispensable de la democracia. Esta doble dimensión nos muestra que no estamos ante un simple permiso para decir lo que se nos ocurra, sino ante un pilar estructural de nuestra humanidad y de nuestra vida en sociedad.

Los límites de la palabra: ¿Hasta dónde llega mi derecho?

«Si es imposible quitar totalmente esta libertad a los súbditos, sería perniciosísimo concedérsela sin límite alguno».

Spinoza, el gran defensor de la libertad de conciencia y expresión, nos lanza una advertencia que resuena con fuerza en nuestro tiempo: la libertad sin límites es perniciosa. El filósofo holandés sostenía que el Estado debe permitir la libertad de conciencia y de expresión del pueblo, pero este tiene que acatar las leyes promulgadas por el poder y no hacer nada en la práctica contra ellas más allá de un limitadísimo debate racional.

Aquí encontramos una primera gran responsabilidad: la palabra no es un instrumento de rebelión práctica, sino de deliberación racional. Cualquiera puede «hablar y enseñar» contra cualquier decreto de las potestades supremas siempre que se limite a defenderlo con la simple razón y no pretenda introducir, por la autoridad de su decisión, algo nuevo en el Estado. La palabra que busca la verdad debe someterse al juicio, no imponerse por la fuerza.

La duda como fundamento de la tolerancia

«Comprendo que la duda no es un estado muy agradable pero la seguridad es un estado ridículo».

Voltaire, el incansable defensor de la libertad, nos ofrece otra clave fundamental. Su célebre frase, atribuida en la versión que todos conocemos: «Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho para decirlo», no es un mero eslogan, sino la condensación de una filosofía completa.

El poder que quiere meter en cintura la libertad de palabra parte de la creencia absoluta de que lo sabe todo, sabe lo que conviene a los demás, y olvida la regla de la duda, que es la regla de la tolerancia. Quien se arroga la verdad absoluta se convierte en un peligro para la libertad de todos. Como nos recuerda Erasmo de Rotterdam, «hay asuntos sobre los cuales es más sabio permanecer en la duda antes que proclamar verdades». Y, como Sócrates, debemos reconocer que nuestro saber se limita a saber que no sabemos nada más .

La doble naturaleza del derecho: individuo y comunidad

La libertad de expresión, como todo derecho, presenta una doble naturaleza: es un derecho individual que protege la autonomía personal, pero también un derecho social que garantiza el funcionamiento de la democracia.

Esta doble naturaleza nos impone responsabilidades:

1. Responsabilidad individual: La libertad no es un cheque en blanco para decir cualquier cosa sin considerar las consecuencias. Mis palabras tienen el poder de herir, de desinformar y de incitar al odio. La conciencia personal debe ser el primer filtro.

2. Responsabilidad social: La libertad de expresión es un pilar de la democracia porque permite la discusión pública de los asuntos que nos afectan a todos. Pero este debate público requiere honestidad, veracidad y respeto por las opiniones divergentes. No es un campo de batalla para destruir al adversario, sino un espacio de deliberación para construir la verdad común.

El desafío de la era digital

Hoy, la libertad de expresión enfrenta nuevos desafíos asociados a los fenómenos de la era digital. La pregunta que debemos hacernos es: ¿el surgimiento de internet debería cambiar nuestra comprensión de lo que valoramos cuando protegemos la libertad de expresión? 

En la era digital, la palabra se multiplica y se difunde a una velocidad sin precedentes. La verdad y la mentira compiten en un espacio donde los algoritmos, no la razón, determinan a menudo lo que vemos. El derecho a la libertad de expresión no puede ser el derecho a la impunidad digital, ni el derecho a la desinformación masiva.

El equilibrio de la palabra

«Nadie puede arrogarse la potestad de elaborar un manual de conducta de información desde el poder, ni menos la terrible potestad de separar las aguas del bien y el mal, que corren revueltas en el cauce de la vida».

En este Día de la Libertad de Expresión, recordemos que la palabra es un puente, no una muralla. Es el medio por el cual construimos comunidad, compartimos verdades y nos enfrentamos a nuestros errores. La verdadera libertad de expresión no es la licencia para decir todo lo que se nos ocurre sin responsabilidad, sino la posibilidad de participar en el diálogo humano con dignidad, respeto y honestidad.

Como aspirante a ayudante de filósofo, me atrevo a proponer que la libertad de expresión plena no existe sin la conciencia de su límite natural: el respeto por la humanidad del otro. La palabra libera cuando busca la verdad y construye comunidad. La palabra esclaviza cuando se convierte en instrumento de poder, manipulación y odio.

«Parece que el bien y el mal distan tan poco el uno del otro, que son como dos líneas concurrentes, que aunque parten de apartados y diferentes principios, acaban en un punto».

La palabra es esa línea donde el bien y el mal se encuentran. De nosotros depende hacia qué lado la inclinamos.

Crisanto Obadía
Aspirante a ayudante de filósofo
1 de setiembre, Día de la Libertad de Expresión

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