El Arte local también es Trabajo: Un llamado a valorar nuestra propia cultura

Una invitación a participar “ad honorem” en un acto cultural. Una práctica común, repetida hasta el cansancio en municipios de todo el país. Es este escenario, aparentemente inocuo, el que ha motivado al cantautor pilarico Pablo Sanabria a alzar la voz en un texto lúcido y necesario que debería ser materia de reflexión obligatoria para nuestras autoridades y para la comunidad en general.

Sanabria, con el respeto de quien conoce el oficio desde dentro, pero con la firmeza de quien ha visto pasar años de promesas incumplidas, pone el dedo en la llaga: el quehacer artístico también es trabajo. Y como tal, merece una remuneración que lo dignifique y lo equipare al valor que se le concede, casi por inercia, a los artistas foráneos.

No se trata, como él mismo aclara, de una queja personal o un resentimiento. Es una cuestión de principios y de visión de futuro. Es la denuncia de un patrón pernicioso: mientras las instituciones destinan partidas presupuestarias para contratar nombres externos –legítimos en su derecho a cobrar–, se espera que los creadores locales, los que forjan la identidad cultural del cantón en el día a día, actúen “por amor al arte”.

Esta dinámica no solo es injusta; es profundamente miope. Invertir en los artistas locales no es un gasto, es una semilla para el desarrollo. Es fortalecer la identidad de un pueblo, es mostrarle a un niño o a un joven que es posible soñar con una vida dedicada al arte sin tener que mendigar oportunidades o ser tratado como un pasatiempo.

¿Qué mensaje enviamos cuando el artista de fuera recibe un pago y el de casa recibe si acaso un “gracias”? Les decimos, sin querer queriendo, que lo de afuera es mejor, que lo propio no vale lo suficiente.

La columna de Sanabria es valiosa también por su honestidad descarnada. Su consejo a los jóvenes músicos que sí decidan presentarse es un manual de supervivencia: la experiencia de tocar en un parque, con sonido deficiente y ante un público indiferente o ebrio, “también forma el carácter”. Es la escuela de la calle, un rito de paso duro, pero formativo. Sin embargo, matiza con sabiduría: “háganlo, una o dos veces”. La clave está en no normalizar la gratuidad. En no “regalar el brete” a entidades, especialmente políticas, que tienen los recursos para pagar, pero eligen no hacerlo.

Ahí radica la diferencia fundamental que Sanabria señala con acierto: tocar de gratis para una causa noble, como un beneficio para una institución de caridad, es un acto de generosidad y compromiso social. Tocar de gratis para un ente público que tiene presupuesto para cultura, es permitir la devaluación sistemática de la profesión artística.

El llamado de Pablo Sanabria es, en esencia, una invitación a la coherencia. Si como comunidad decimos valorar nuestra cultura, debemos demostrarlo con hechos. Debemos exigir a nuestros gobiernos locales políticas culturales serias que incluyan partidas específicas para la contratación de artistas del cantón, no como un favor, sino como una inversión estratégica en nuestro patrimonio humano.

Es hora de pasar de la retórica sobre el “apoyo a lo local” a la acción concreta. Dejemos de ver a nuestros artistas como un recurso gratuito y empecemos a tratarlos como lo que son: trabajadores de la cultura, pilares fundamentales de la identidad local y merecedores del mismo respeto y valoración económica que cualquier otro profesional.

Como bien lo dice Pablo, no es una queja, es una reflexión. Y es una que debemos hacer nuestra. Sigamos haciendo arte, sí, pero exijamos que se haga con la dignidad que merece.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *