La voz del pueblo ahogada

Por: Moisés Vincenzi Pacheco

El Cóndor 1914

Una ola inmensa necesitamos que entre a nuestro territorio, barra con potencia gigante este caserío de instituciones sociales y políticas, miserable, raquítico, denunciador del miedo espantoso que nos envilece y nos arrastra, que nos quite de en medio a tantos pusilámines representantes del pueblo, que si bien tienen nobles ideales nacidos del fondo de sus almas, no saben entrar al campo efectivo de la lucha para soportar las tremendas cuchilladas del enemigo armado.

Y así, de una vez oír por un lado, el hierático llorar de las madres reclamando a sus hijos muertos y por otro, la penetrante voz del clarín de la libertad que exorna el sentimiento humano del triunfo. Esa es la droga que necesita Costa Rica para arrojar de su vientre el empacho olímpico que la marea y mortifica.

Para hacer pasar por la patria la tempestuosa reforma que ansío, necesarios son buenos colegios que no nos darán los gobiernos egoístas y plutócratas de actualidad, si no nos convertimos en una plebe romana que abandone a sus parásitos para sacarles a viva fuerza garantías: pero no garantías como las que ellos consiguieron; no representantes sin voz ni voto; no maniquíes confeccionados con trapo, manejables por sus concupiscencias, sino tomar por única, el abandono del gobierno de los comerciantes especuladores de levita, para que pase bajo el cuidado del dueño de la Hacienda pública; el pueblo, no macuteno de sus propios derechos y libertades.

Esa ola de la revolución, no dejará ni rastros de las carlancas de oro que le envía el Júpiter Tonante, al humillado pueblo, a ese pobre Prometeo.

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