De VINCENZI Por: León PACHECO. Periódico La Tribuna 18 de diciembre de 1938
Tras una labor intensa de publicista el escritor costarricense Vincenzi nos ofrece un nuevo volumen, LA PSICOLOGÍA DEL LÍDER, que marca, dentro de su obra vasta y múltiple, un nuevo aspecto de su personalidad.
Tímidamente asoma ahora en este ensayo su beligerancia en los grandes problemas de la vida contemporánea. Es un respiro vitalista en su pensamiento que no siempre ha sido claro, por la intensidad de las disciplinas a que ha dedicado su espíritu y por lo irregular de esas mismas disciplinas, todas ellas subordinadas a las inquietudes filosóficas.
Ahora se dijera que este nuevo rumbo de su inteligencia—aún asombrada ante el espectáculo del mundo en que accionan los hombres cotidianos, los hombres de carne y hueso—, adquiere mayor claridad, mayor precisión, mayor valor artístico. Las partes oscuras de esta investigación psicológica son aquellas en que se aterra al «hombre en sí», que decía Kant: rara abstracción del hombre concreto comprendido en una bruma de ensueños, semejantes a aquellas sombras que Platón vió en el fondo de su caverna. Porque ese «hombre en sí» kantiano nunca existió: las pasiones fueron el caldo vital en que las más puras ideas abstractas fracasaron.
Ya lo dijo Hégel: «La realidad es algo concreto». Los hombres, ya sea que los meditemos por dentro y los miremos desde afuera, son la más preciosa realidad, cuyos problemas los hemos resuelto dentro de un proceso histórico para encontrarles algún significado.
En este sentido el líder es un tipo hegeliano, un tipo dialéctico, que lucha por la exteriorización—siempre emocional y nunca ideológica—, de esa realidad interna proyectada en su valor histórico.
No es un caso de introversión, como creería la psicología analítica: es un caso de contagio subconsciente en función de la humedad humana donde se fecundizan las ideas directrices de una existencia, bien en su carácter social o bien en su carácter individual.
Por eso no creemos en el líder de Vincenzi, cuyas apreciaciones y síntesis, magistralmente trazadas por otra parte, nos parecen un esfuerzo de interpretación bastante completo. La emoción del contagio, la mística de la acción falta siempre donde el análisis aparece: la idea, para dirigir y encauzar, necesita un proceso de síntesis vital a cuyo dinamismo escapan muchos seres en su forma de entidades activas, aunque en el otro sentido, en el pasivo, no hay ser que logre contrariar sus leyes inmutables.
No existe una conciencia de afirmación personal en el líder: hay en él un salto audaz hacia ideas difusas en un ambiente (pueden ellas ser el producto de una cultura en formación, de una cultura ya definida o también de una desintegración social), en el cual si se afirma el sentido de lo que los ingleses llaman la capacidad del LEADERSHIP.
Hasta allí no más: su obra ideológica transformadora, decisiva para los intereses de las ideas y aun de la misma estabilidad de un conjunto social, vendrá por una asimilación lenta de fuerzas conservadoras.
El líder es acción. Transforma las doctrinas, de acuerdo con un temperamento gregario, hasta reducirlas a la medida del medio social en que le toca actuar: hace una esquematización definitiva, creando para ella una serie de mitos y de figuras palpables, capaces de encender un nuevo ideal colectivo torpemente apegado a la realidad. Vincenzi, en este sentido, comete el error de creer que el gran creador de ideas tiene esa capacidad de LEADERSHIP.
El gran creador de ideas puede ser un precursor o un comentador, muy pocas veces un director, un caudillo. Lancemos de una vez la palabra a la cual nuestro amigo tanto teme: no hay líder fuera del complejo político. Démosle a esta palabra el sentido que queramos: eso sí, en un plano de nobleza humana, no de caporalismo emocional. Recordemos que aun la religión necesitó, cuando ya las sociedades estuvieron organizadas — de acuerdo con nuestro concepto occidental de organización—, el poder político, para mantener aquella esquematización definitiva de que hablamos como de una de las facultades esenciales del líder.
El líder, pues, es un animal del Ágora. El hombre, en su soledad meditativa, nunca tuvo ese don de dirigir, de transformar: no hay Ágora para los poderes invisibles. Existe Ágora para la lucha, o con la propia conciencia o con la conciencia y la sensibilidad de los otros hombres. El mismo Moisés, al enseñar las Tablas de la Ley, necesitó del Ágora; y sus leyes son las más sabias de todos los tiempos.
Los hombres aún nos regimos por ellas, dándoles mil vueltas, pero no apartándonos de su esencia inmortal.
Le hemos dicho a nuestro amigo que si a su libro le cambiáramos de título y en vez de llamarlo LA PSICOLOGÍA DEL LÍDER lo llamáramos, por ejemplo, LA PSICOLOGÍA DEL FILÓSOFO, siempre quedaría viable en sus grandes proyecciones ideológicas. Pero el líder es siempre el líder en cualquier clima en que prospere.
Esta falta de perspectiva política es el elemento de que adolece este bello ensayo en el cual prevalece, tal vez por eso mismo, un acerado individualismo, como afirmó don Lorenzo Vives al comentarlo. Individualismo que es romanticismo en un raro retorno a aquellos ídolos humanos que sirvieron siempre para exaltar la grandeza ideológica o emotiva o de acción. Hemos de decir, tal vez con perspicacia que Vincenzi nos ha de excusar, que este afán de individualismo, de análisis—arte en el cual es un maestro consumado—, lo lleva a una finalidad muy contraria de la que pretende conseguir según el tono velado de su libro: una definición concreta, beligerante, frente al líder de carne y hueso. Apenas lo alude cuando habla de esos grandes empresarios de demagogia militarista que se llaman Hitler y Mussolini.
Para un hombre como él, que ha vivido siempre en función del espíritu, la contradicción tenía que saltar al instante. Contradicción entre la cultura y la barbarie por ellos representada: su valor está, en estas páginas, al eludirlos con habilidad, pues de lo contrario su teoría del LEADERSHIP se hubiera venido por tierra.
Porque ellos encarnan claramente lo que nuestros contemporáneos entienden por líder, con todos los vicios de las teorías sociales actuales, en cuyo clímax humano representan una de aquellas curvas evolutivas de que habló Goethe. Haberlos metido dentro del nuevo sentido que al líder le da Vincenzi hubiera sido dudar de la bondad de su obra y haber negado la magnitud de la civilización actual cuyo proceso continúan desarrollándolo, sometidos a las leyes inmutables de la historia, esas masas a las que ellos creen manejar con los mitos de un tecnicismo detenidamente estudiado en los laboratorios de un embrutecimiento cada día más alarmante.
Pero este es el líder: el luchador en mangas de camisa, colocado en las encrucijadas de las ideas elementales, sudando emoción comunicativa cuya intensidad se toma como perdurable y que, en realidad, no dura más allá de los instantes que vive la palabra ácida y profunda que penetrara, como un preludio wagneriano, al fondo de miles de oídos. Donde falta la emoción no hay posibilidad de líder.
Hay hombres que tienen el don de ese sentimiento rudimentario y dirigen, con su fuerza primitiva, los mares humanos faltos de una fé y de un mito cristalizado, para decirlo con un término stendhaliano, y que se apegan a ese humus fecundante. Si se analiza este proceso emocional no se encuentra nada. El líder lo sabe mejor que nadie y por eso se realiza en él. Las ideas que los mueven son primitivas, esenciales: de allí su facultad de dominio colectivo. He aquí, tal vez, lo que Vincenzi llama el líder indirecto.
El otro trabajó en el ánimo de este elemento incoherente y construyó una filosofía y tal, de alcances inmediatos pero no definitivos. Ved, por ejemplo, cómo todos los líderes modernos europeos se reclaman, por sus obras, hijos de Marx; pero estamos seguros que ninguno de ellos leyó los libros fundamentales del célebre reformador. Mussolini dice que su escritor favorito fué Sorel cuyas REFLEXIONES SOBRE LA VIOLENCIA determinaron el destino de Italia. Lo mismo Hitler. Lo mismo Trostky.
Todos, todos ellos. Es decir, siguieron el camino trazado por una filosofía que les salió al paso, espada en mano, para conducirlos al seno mismo de las masas a las cuales fatiganean con sus emociones, con su derrotismo, con su desesperanza. No hay en esto más que una audacia de condotieros que ofrecen sus servicios al que mejor los pague; y por los tiempos que corren las masas son las que mejor pagan los servicios del condotiero.
Este nuevo libro de Vincenzi es una de las mejores obras que se han escrito últimamente en Costa Rica. Su estilo es de una claridad magnífica y también lo son sus sugerencias. Un poco más de beligerancia, lo repetimos, y nuestro gran trabajador intelectual hubiera alcanzado el pleno éxito que él merece muy justamente. Que éste sea su arranque como hombre para quien las ideas deben tener un sentido más importante que el abstracto: su sentido de lucha.
León PACHECO.
Don MOISÉS VINCENZI
