LEYENDAS DE COSTA RICA El Cólera (La devoción del Dulce Nombre)

Lic. RODRIGO SOLEY

EN las noches tranquilas, acostumbraba aquel anciano sentarse en la tranquera del corral, y contarnos, a todos aquellos que le hacíamos corrillo, los episodios por él vividos allá en sus años mozos, cuando, según decía, la fanega tenía cuarenta cajuelas y él la alzaba con toda facilidad.

La tranquera daba frente a los llanos de Liberia, único lugar en que he podido apreciar la luz de las estrellas, pues en aquellas noches sin luna, con sólo la luz estelar, se tiene una claridad plateada, que aunque no tan pura, sí es superior en belleza a la de la luna.

Los peones de la hacienda, se fueron tirando en el suelo, no faltaba la guitarra, y los gorgeos o intentos de cantos que se ensayaban. Pero cosa rara, aunque la naturaleza invitaba al canto, de las gargantas éste no salía, había un algo tenebroso en el ambiente, todo terminaba en afinamientos de cuerdas e intentos de acompañamientos, pese a la belleza de la noche, noche sin luna y con estrellas.

La vista se perdía en la inmensidad del llano, cubierto con la luz de las estrellas que parecía envolverlo en un sudario.Poco a poco se callaron todos, cesó el rasguear de la guitarra y nadie es atrevía a pronunciar palabra.

Ñor Brizuela, sentado en la tranquera, con su barba blanca mecida por la leve brisa que atemporaba un poco lo bochornoso del tiempo, con los pies entretejidos en los barrotes más bajos de la tranquera, tenía la mirada perdida en la inmensidad del llano, estaba silencioso.

—«Oye, ché, ¿qué le habrá picado a ñor Brizuela que está tan calladito, estará recordando algún cuento de los que ponen los pelos de punta?»

El viejo de luenga barba permaneció un rato en silencio como el que rumia un pensamiento, sin darse cuenta de las sonrisas de la peonada; su vista continuaba fija en el inmenso llano, donde un grupo de ganado estaba reunido como en confabulación.

Creí que el viejo no había oído la frase, pero de pronto dijo, sin alterar en nada su postura.

—«Estoy recordando uno de los episodios más tristes de nuestra historia, algo que se grabó en mi mente de niño, y que, confundida la realidad con la fantasía, me ha seguido siempre, y en las noches claras como ésta, en que el sudario de las estrellas cubre la tierra, creo oír, el chirriar, a lo lejos en el llano, de la carreta que va con su macabra carga, y son tantos los muertos que lleva, que Tatica Dios, viendo la imposibilidad de que cada muerto lleve su mortaja, encarga a las estrellas, que envíen su luz y así los muertos van a su fosa, sino en blancas sábanas, con alba luz estelar.

Ya sueltas las compuertas de su verborrea, ñor Brizuela no para y continúa su agradable charla, haciéndonos pasa agradablemente las veladas campesinas.

—«Fué por allá, hacia el 57; vivía apenas mi primera juventud y aquellos años mozos, aquellos que vemos pasar tan dulcemente, sin que nuestra mente viva la preocupación de un mañana, fueron interrumpidos, mejor dicho, tronchados por uno de los episodios más tristes de la historia tica, y que como decía al principio, se plasmarían tan fuertemente en mi mente, como la imagen oscura en una plancha fotográfica, y siempre, involuntariamente, cuando el medio es propicio, llegan a mí las imágenes de aquellos inolvidables años.

—«Las tropas victoriosas llegaron a la capital; victoriosas de los machos y derrotadas por el cólera, aquí, en el Guanacaste, antigua Moracia, fué donde quedó gran parte de aquellos valientes soldados, el resto, enfermos unos, contaminados los otros, lograron llegar al centro de la nación, y con ellos llevaron también la terrible peste.

—«Y el cólera empezó a hacer estragos en San José, escenario de mis primeros años; al principio fué en una forma lenta, sabíamos que en la familia tal había un caso; que donde los parientes tales tenían otro, después fueron menudeando estas situaciones y en mi casa también hubo enfermos.

—«Era en los primeros tiempos de la peste, caían en cama, deshechos, quiero decir, terminados, demacrados, los ojos hundidos, como muertos. Había visto algunos cadáveres que llevaban al panteón, y veía a estos enfermos, eran idénticos, tan inmóviles, tan ojerosos, tan negros, con la vista fija y los ojos vidriosos y con la frialdad de muertos, hasta que llegaban los de la carreta y se los llevaban, e iban iguales a como estaban cuando me decían que todavía estaban vivos.

—«Después la peste alcanzó su punto álgido; ya los enfermos no duraban como antes, su muerte era casi repentina, ya no sabíamos que hubiera un caso en tal o cual familia, sabíamos que el señor tal o la tal señora fueron llevados en la carreta; decíamos carreta en singular, pero era gran cantidad de ellas, que recorrían incesantemente las calles preguntando de casa en casa si habían muertos que llevar.

—«¿Que se llevaron al señor tal o a la señora cual? No nos importaba; sabíamos que dentro de algunos días, de horas quizá, nosotros, revueltos con otros cuerpos, iríamos también a la fosa común.

—«Yo me asomaba a la ventana, y veía pasar las carretas llenas de cuerpos que habían sido recogidos en las casas o en las calles cuando había muerto súbitamente en la vía, y los boyeros, inconscientemente, con el trabajo mecánico prolongado, los recogían y los tiraban en la carreta, cual si dijéramos a granel, a como cayeran, y así, veía manos que sobresalían del cajón, entrelazadas curiosamente con piernas que pertenecían a diferentes cadáveres.

—«Ví cómo iba menguando mi familia; en la vieja casona no quedábamos más que mi padre, una vieja sirvienta y yo; el miedo, más que la enfermedad que me aquejaba, no me permitía salir del cuarto. Un día mi padre no llegó a darme ánimo, tampoco me atrevía a salir para buscarlo, en todos los cuartos de la vieja casa, había muerto alguien, y el pánico me hacía ver, en los rincones, la cara negra, rígida, ojerosa, del que se despidió de la vida en esa estancia.

—«Mi padre dormía en la alcoba contigua a la mía, pero para pasar a ella tenía que atravesar un corredor, y mi valor no llegaba a tanto. La anciana cocinera dormía en los cuartos interiores, y el mismo día que faltó mi padre, también ella faltó.La legión de ratas que según había oído decir, se apoderó de la ciudad, yo suponía que se había dado cita en mi casa, tal era la cantidad que de ellas corrían en mi cuarto. Con los dientes afilados que le sobresalían de los labios, se me quedaban viendo con sus ojos vivos y con la tranquilidad del que es impune, la costumbre de verlas, el decaimiento físico y moral, no me daban fuerzas ni para espantarlas. Cuando comía se paseaban sobre mi mesa y se apoderaban de los restos que dejaba.»

Ninguno de los oyentes osaba chistar; estábamos poseídos de la intensidad del drama. La guitarra, hacía rato que estaba recostada contra la cerca.

Ñor Brizuela hizo silencio, sus ojos seguían fijos en la lejanía, pero los noté brillantes, quizá las lágrimas los humedecían.Observé también que su garganta se inflamaba como tragando algo. Tomó fuerzas y continuó su narración.

—«El día que mi padre no llegó, las ratas se alejaron y las oía correr en el cuarto vecino. Permanecí todo el día anonadado sin salir, sin ánimos para llamar, y así llegó la noche, interminable, fétida, con sepulcral silencio interrumpido únicamente por el ruido de la carreta que no cesaba de pasar cargada de muertos y buscando más muertos para recargarla.

—«Llegó la mañana; un boyero pidió cadáveres, nadie le respondió; seguía mi aislamiento: ni mi padre, ni la anciana cocinera. Las ratas continuaban en su escándalo en el cuarto vecino. El hambre y la sed me desesperaban; ya en varias ocasiones había gritado llamando a mi padre, a mis gritos, sólo contestaban las carreras y chillidos de las ratas. La necesidad fisiológica pudo más que el decaimiento moral, y decidí salir de la alcoba.

—«Salí apoyándome en las paredes, pues mi estado de debilidad era muy grande, por la fiebre que me aquejaba desde hacía un mes; abrí la puerta de su cuarto, y ahí estaba mi padre tendido en el suelo, docenas de ratas sobre su destruído cuerpo, terminaban el festín que les brindaba su carne. Presentaba la cara completamente descarnada.

—«Lancé un grito de dolor; me cubrí la cara, y sacando fuerzas de la tragedia, me lancé a la calle profiriendo lastimeros gritos, y corrí, corrí desesperadamente, sin rumbo fijo, instintivamente; las cosas y personas con que me crucé, no las recuerdo. Salí hasta las afueras de la ciudad y caí, derrotado a la orilla del camino.»

Nueva pausa, nuevo silencio, nadie osaba interrumpir al viejo quien poseído de su tétrica narración, parecía más viejo, más venerable, uno de los resucitados después de hacer el viaje en la carreta.

—«Cuando volví en mí, estaba tendido en una cama, el Padre Anselmo a mi lado me aplicaba paños fríos en las sienes; lo ví, me sonrió y volví a quedar dormido.

—«Perdí la noción del tiempo que descansé; cuando hube recuperado y que la fiebre me había pasado, me invitó el Padre para que lo acompañara; como un autómata lo seguí; durante las caminatas me alentaba pintándome la muerte como la finalidad de la existencia y no como una calamidad que la truncare; me enseñó a ver la muerte en su aspecto natural y al cuerpo físico como la cáscara del alma; me habló de las buenas acciones en la vida que es lo único de positivo valor, pues nuestras buenas obras son las cartas de recomendación que llevamos a la otra vida.

—«Siempre acompañé al Padre Anselmo en sus visitas a los enfermos, era su silencioso compañero; mi cuerpo iba con él, mi mente permanecía siempre recordando un cadáver medio devorado por las ratas, con la cara descarnada, y un cuerpo pútrido en un charco de sangre negra. Luego me imaginaba a los boyeros entrar y con mil repugnancias recogerlo, y echarlo en la carreta con otros cuerpos supuestos muertos y quizá vivos.

—«Como compañero del Padre Anselmo fué que me dí cuenta de la inmensidad de la tragedia. El Padre, siendo un joven, ya era un santo. Visitaba las casas de los pobres, animándoles y tratando de aliviar sus necesidades; para todos tenía una frase de consuelo y un alimento que darles.

—«Los enfermos se hallaban generalmente tirados en esteras, como cadáveres: descompuesto el semblante, álgidez y frialdad marmórea de la piel, con los ojos abiertos y la boca también, a veces eran poseídos de violentos calambres seguidos de fuertes vómitos con evacuaciones ventrales de materias líquidas blanquecinas, acuosas, como horchata con copos albuminosos y todo el cuerpo permanecía sucio de esta evacuación hasta el trance de su muerte. El pulso era muy débil, imperceptible para mí, completamente afónicos, aunque por desgracia, según decían, con la integridad de sus facultades mentales.

—«En las calles había tantas procesiones como carretas, todos los santos eran llevados por la ciudad en rogativas para conjurar el mal. Era entonces cuando oía contar los milagros de tal o cual santo: el muerto que salió de entre sus compañeros, gracias a las preces que sus familiares elevaban a tal santa; la del enfermo que reaccionó ya en los últimos trances y se encuentra gozando de perfecta salud. Pero entre todos, al que le guardaban más fé, el que todos nombraban con más fervor, depositando en él sus esperanzas, era el Dulce Nombre; por eso el Infante no descansaba; los portadores de las andas se sucedían, pero Él seguía día y noche recorriendo la ciudad y levantando el ánimo a la población, que ya estaba muerta del mismo decaimiento.

—«Los alimentos escaseaban; ya era difícil conseguirlos, pero más que los alimentos, todos reclamaban el láudano; no sé qué efectos hacía, ni si producía algún bien en aquel infierno, pero toda la población había puesto fe en ese medicamento, como si fuera el complemento de la visita que día tras día hacía el Dulce Nombre a su puerta.

—«Mi constitución no resistió más, ya tenía varias semanas de ser el compañero del Padre, y también llevaba varios días sin comer y varias noches sin dormir, hasta que un día, estando en compañía del Padre, caí desvanecido en la calle.

—«El final de la tragedia no lo presencié. Recuerdo un largo viaje en carreta, de varios días, interminable, al cabo de los cuales llegué a esta hacienda y aquí he permanecido el resto de mi vida, visitando únicamente, muy de tarde en tarde, las ciudades de esta provincia. Mi continua convivencia con la naturaleza, revivió mi espíritu; sólo me queda la aversión a las ciudades del interior y un involuntario escalofrío cuando oigo el chirrear de las carretas.»

Calló el viejo; ninguno se permitió hacer comentarios, casi todos se fueron levantando y retirándose en silencio, los más osados decían: «Mañana hay que madrugar». Nadie recordó la guitarra que pasó la noche recostada contra la cerca.

Y aquella noche, sin luna y sin estrellas, yo no pude dormir; no bien cerraba los ojos y comenzaba a adormecerme, oía, allá en los llanos, chirriar una carreta, y en el cuarto de al lado, las ratas pasaron la noche royendo algo.

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