RUMA BENHARIS
Para don Victor Lizano H., gran compilador de leyendas,
Para Esther de Lefrank, alma devota del Arte.
EL Cacique de Nimboyore obedeciendo órdenes de su señor, el Gran Cacique de Nicoya, disponía lo conveniente para inaugurar, con solemnidad y pompa, la feria anual de Diriá a la que debían concurrir todos los indios que poblaban las costas e islas de los Mares del Sur, desde Burica hasta Moyoltepe.
En la inmensa planicie que riega el Diriá, entre barbechos y maizales, distinguíanse los ranchos piramidales de sacerdotes y Nacumes; más allá el palenque de Nimboyore, y al final la plaza y los galerones pajizos destinados para los artículos que se pondrían en exhibición. Allí las telas de artística bordadura procedente de Corubicí; allí las piezas de cerámica y los productos de la tierra remitidos por los nicoyanos; de Chira las planchas de carey, las conchanácar y las mazas de guerra; el cacao de Matina y los cerdos silvestres traídos por los güetares; allí las patenas de oro, las pieles de jaguar y los colmillos de caimán presentados por los borucas; allí el valor y la gracia, las bailarinas de Namiapí y los músicos de Gurutina desfilarían en amable consorcio, en honor de Nambí, el Gran Cacique de Nicoya.
La luna llena de abril como un enorme disco de oro apareció en la azul inmensidad cuando Nantiume, un enviado de Nambí, se presentó en la plaza de Diriá; los timbaleros y heraldos anunciaron a señores y plebeyos que el Gran Cacique, por boca de su mensajero, hablaría al pueblo.
Efectivamente, y ante una abigarrada multitud, Natiume dijo lo siguiente: —»Señores de Diriá, vasallos de Nambí: mi señor os anuncia por mi medio que unos hombres blancos, de pelo rubio como nuestro maíz amarillo cuando está en elote, nos traen una nueva religión, nuevas costumbres y… un nuevo rey. Mi señor se ha declarado súbdito de Fernando de España, vosotros tendréis que rendirle pleitesía a sus enviados que estarán aquí mañana cuando la luna aparezca sobre las cirnas del Papalotl. —Así se hará, respondió el pueblo entusiasmado.
La vanguardia del Gran Cacique se componía de cien tayacanes; después apareció Tacaní, el «tapaligui» de Veda, joven de estatura goliática quien fué saludado con hurras, música y aplausos, y-…cuando la luna asomaba sobre la montaña de Papalotl, entró Nambí acompañado de su servidumbre, de nobles, sacerdotes y de soldados españoles que jefeaba el conquistador Gil González Dávila.
Y empezó la feria y la alegría, como el vientecillo crepuscular pasó agitando los corazones. Renacer de esperanzas, aleteos de la ilusión y juramentos de amor, todo lo que vive y se anida en el espíritu fué despertándose al compás del quijongo, del juco y de los timbales que amenizaban la feria.
La «Danza de la Luna», la famosa danza chorotega, sería bailada esa noche por Nayudel y su corte en honor del Gran Cacique, del Conquistador y de los jefes indios declarados huéspedes de honor de la feria de Diriá.
—Ah! Nayudel…, Nayudel…! Era el lirio del valle, la flor de la llanura de riquísimo aroma hacia la cual volaban los hombres, como abejas sedientas, en busca de la miel del Amor. Pero ella los despreciaba a todos, ella se reía de sus pretendientes: Nacaome le ofreció las riquezas de Chira:
Nicarao, rendido a sus pies y en nombre de tres mil vasallos le hizo promesa de los tesoros de sus ilimitados dominios, pero…, Nayudel reía, Nayudel se burlaba diciendo:
—¡Mi corazón no se compra ni con oro ni con esclavos…!
Veinte bailarinas, las bellas entre las bellas, componían la corte de Nayudel. De cuatro en fondo, con las manos en las caderas, avanzaron hasta el centro de la plaza, saludaron al Conquistador y a los jefes indios, y al redoblar de los timbales, empezaron a bailar la fantástica danza.
Rodrigo de Burgos, un mozo de 20 años, acompañaba a Gil González Dávila en la expedición. Era arrogante en su fabla y en sus modales; los ímpetus de la juventud,-¡ Oh Diosa del engaño! le ponían en la cabeza mil proyectos, quizá lejos de la posible realidad. Con ella embarcóse en San Lúcar de Barrameda esperando, a su regreso, cargado de honores y riquezas, casarse con Inesita de Velasco, una viuda joven dueña de algunas propiedades cercanas al Monasterio de Huelgas.
¡Ignoraba el apuesto conquistador que el raro sortilegio de las miradas de Nayudel lo aprisionaría para siempre en estas tierras de América…!
En las llanuras las «tolvaneras» se desatan de un momento a otro arrancando de cuajo los «saucos» y «cenízaros»; así, en el corazón de Rodrigo y Nayudel la llama del amor creció con una violencia inexplicable inexplicable porque cuando Gil González dió la orden de marcha, el mozalbete le contestó resueltamente: —Yo no saldré de estas tierras porque a ellas he entregado mi corazón.
Muy pocas noticias tenemos del final de este idilio. La leyenda sólo cuenta que Nayudel tenía un palacio encantado en el Valle de Diriá y que allí se retiró, con Rodrigo, a sorber la ambrosía del amor. Y desde entonces se habla en Santa Cruz de príncipes encantados, de mujeres bellísimas. de palenques aborígenes que aparecen sobre las ondas del Diriá cuando la luna se narcisea desde su inmenso trono de zafiro.
Y…, tal-vez no lo creáis: en los ojos negros de las muchachas cruceñas hay un raro encanto; en su bocas que dan besos de fuego y en su pecho suspirante está el hechizo que encadena los corazones y el néctar divino que libaron Rodrigo y Nayudel en sus idilios apasionados.
Guanacaste, Invierno de 1936.
