LEYENDAS DE COSTA RICA La leyenda de Boruca

ROGELIO FERNÁNDEZ GÜELL

El carro de la noche avanza lentamente con su pálida farola seguida por una hueste de brillantísimos luceros. El mar golpea el duro peñón donde se encuentran los dos amantes, y sus olas, al estrellarse fragorosas, los envuelven en su hálito de espumas. El viento lleva a sus narices el aroma de los bosques, y deposita en los cabellos de la india sus besos perfumados.

Los dos amantes, uno en brazos de otro, juntas sus encendidas mejillas, entremezclados sus cabellos y delirantes de amor, ven pasar sobre sus cabezas los luminosos astros, cuyos arrojos de luz se confunden para abrillantar el cielo y bordar de plata las espumantes crestas de las alborotadas olas y sienten en el alma una delicia infinita, una emoción sublime…… En sus besos se mezclan sus almas como el perfume de dos flores. Son felices. Tienen ante la vista un Paraíso cuya puerta no la guarda un ángel de ígnea espada, sino que sirve de marco a la encantadora figura de la Felicidad.

Las ondas marinas, el viento que arriba cargado de perfumes a sus narices, los zenzontles que lanzan en la espesura su armonioso canto, las estrellas que parecen los ojos curiosos de una bandada de ángeles; la luna que boga serena entre las nubes que parecen inmensos cortinajes de plata, pendientes de su radiante disco, en fin, la majestuosa actitud de la Creación, son los únicos testigos de sus mudos coloquios, porque no hablan sino el sublime lenguaje del alma.

Temblorosa y ruborizada, ella, con la cabeza sobre el pecho de su amante, envuelve el rostro de éste en una amorosísima mirada, mientras el indio, estrechándola contra su corazón, fija la suya en los ojos de la india, contemplando, al través de sus húmedos cristales, un mundo de felicidad.

La joven se desprendió suavemente de sus brazos y alzó al cielo los ojos contemplando las estrellas. El viento hizo ondular su negra cabellera. Parecía, de pie cerca del abismo, una estatua, cuyo pedestal era el peñasco. El cortejo brillante de la Luna continuaba desfilando en el espacio. Ella se volvió a su amante, y cayó en sus brazos ante el infinito…

Aquel peñasco, musgosa y granítica columna a cuyo pie las olas se estrellaban, parecía un brazo gigantesco que levantaba al cielo el hermoso cuadro que formaban los dos amantes.

Ella, la preciosa india, era la hija de un cacique poderoso, dominador de gran parte de Boruca, quien no hacía muchos meses había caído, combatiendo, al filo de la espada española. Sus negros ojos dejaban adivinar una dulzura infinita, sus cabellos eran preciosos y sus facciones, delicadas. Jamás había bajado un joven de los Andes sin que quedara sorprendido al ver tanta belleza; jamás las flores de los perfumados bosques habían derramado su aroma ante un sér más gentil; jamás la fuente que corre serpenteando el valle había copiado en el limpio cristal de sus rumorosas aguas figura más bella y majestuosa.

¿Y él? ¡Ah! Él era Tirbi, el sobrino del valiente Urraca, temido entre los temidos, terror de los españoles y adoración de los térrabas.

Intrépido, gallardo, bondadoso y fuerte, en su rostro ne reflejaba la nobleza ingénita de su alma. Sin rival en el manejo del arco, no había pájaro que no le rindiera su plumaje, como tampoco enemigo que resistiera el golpe de su nudosa lanza. Inquebrantable y fuerte, subía algunas veces, atravesando oscuros vericuetos, a la cúspide de los Andes, y en aquellas crestas imponentes, escuchaba los consejos del viejo de chispeantes ojos, del indomable Urraca. Este soltaba algunas veces las riendas de la fogosidad del joven recordándole los atropellos de los españoles, las bárbaras mutilaciones de que hacían objeto a los infelices indios. Muchas veces Urraca le cogía de la mano y le mostraba las chozas incendiadas, los campos arruinados, en fin, todos los sitios por donde los españoles habían dejado una sangrienta estela. Entonces Tirbi rugía de ira y juraba ante los cadáveres insepultos de los indios de Zorobaro, de Boruca y de las orillas del Suerre, al venganza de su raza.

En una horrible gruta, cuando él era un tierno niño, había visto caer a su padre atravesado por las espadas sangrientas de los españoles, y allí mismo, en presencia del cadáver aún caliente, le ha hecho Urraca jurar odio a muerte al invasor. Y el hombre cumplía el juramento del niño… Todos los españoles que osaron presentarse en la llanura, cayeron bajo el tiro inerrable de su flecha…

El amor vino a encontrarle en medio de la lucha. Un día, en el cual regresaba cargado de trofeos enemigos a su hogar, vió a un español que huía llevándose en sus brazos a una joven… Volar y tenderlo a sus pies, fué obra de un momento. Aquella joven fué su amada. ¿Cómo fué que se amaron? ¿Cómo es que las almas se confunden como la luz de dos estrellas? Se vieron, se hablaron, se penetraron y se deslumbraron…

¡Oh! qué hermoso grupo presentaban los dos amantes en aquel peñón, aspirando el aire embalsamado, delirantes de amor, uno en brazos de otro y arrobados en su dicha! ¡Oh pintoresco lugar donde dos almas puras se confundieron en un sublime abrazo! ¡Oh, duro peñasco que contemplaste la dicha de dos seres; encantador lugar en cuyo seno se amaron dos criaturas jóvenes y bellas! ¿Quién dijera hoy, al verte solitario y triste, escuchando sólo el monótono canto de las alborotadas olas, que en ti celebraron dos almas nobles, ante la inmensa noche, un desposorio sublime?

Los dos jóvenes se embriagaban en las delicias del amor, y al fijar el brillante tropel de sus pensamientos sobre los astros, les parecía que el amor celeste es mil veces preferible a la pasión terrena… ¡Oh, amor! el corazón necesita de esa expansión sublime como las flores de los rayos del Sol…

¿Quién puede decir lo que aquellos dos seres se dijeron?

De pronto, y a pocos pasos de ellos, estalló una infernal gritería… choque de armas y gritos de furor… Pónese el indio de un salto sobre sus armas y las blande con fiereza.

—¡Traición!—gritó con los ojos llameantes— ¡asesinan a mis hermanos!— y se lanza furibundo hacia el sitio de combate.

¡Tirbi! ¡Tirbi!—murmuró la india cayendo de rodillas.

Los españoles, mientras los indios dormían, se acercaron con paso cauteloso procurando no remover la hojarasca. La sorpresa fué horrible. Apenas los descuidados indios se pusieron de pie, cayó sobre ellos una lluvia de plomo. En medio del espanto, recogían sus lanzas y flechas. ¡Inútil resistencia! Por un lado trataban de hacer frente lanzando atronadores gritos de guerra, oponiendo al ímpetu de los españoles un valor desesperado, y por el otro, los enemigos acuchillaban los desnudos cuerpos de los aborígenes…

De pronto, un indio de nervudas manos descendió del peñasco blandiendo una gruesa lanza.

—¡Viva Tirbi! gritaron los indios recobrando alientos. Pero ¡ay! ¿qué podían hacer con sus flechas y lanzas, contra las armas y lanzas españolas? Forzoso fué huir.

Tirbi, quien había combatido como un león, recibiendo varias cuchilladas, fué acorralado en el peñasco.

Él corrió hacia su amada, y una vez a su lado, volvió a sus enemigos el rostro ceñudo y amenazador.

—¡Ríndete!—gritó un español avanzando con siniestra lentitud.

—¡Jamás!—rugió el indio y de pronto tendió el arco…

Una aguda flecha fué a clavarse silbando en el pecho del español, quien abrió los brazos, se tambaleó como un mástil al impulso del huracán, y cayó de espaldas.

—¡Muera el indio!—gritaron sus enemigos.

Tirbi tomó en sus brazos a su amada, quien lo estrechó en los suyos, murmurando con terror: ¡Muramos juntos!

El indio apareció de pie cerca del abismo. La luz de la luna hacía resaltar las varoniles líneas de su rostro. Su majestuosa figura se irguió en la cumbre del peñasco. Puso sus labios por última vez sobre los de su amante, y gritó enderezándose con fiereza:

—¡Viva la libertad!

Y se arrojó al mar con su preciosa carga.

Cuentan los indios de Boruca que en las noches serenas, cuando la luna aparece con su ejército de estrellas, rugen las aguas al pie del peñón y se levantan de la espuma de las encrespadas olas los cuerpos de los amantes unidos en apasionado abrazo…

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