LEYENDAS DE COSTA RICA  La Mina Ahogada de Santa Ana 

JOSE BUSTAMANTE 

TRES años ha que vivo en este tranquilo y bello pueblo. Poco tiempo después de llegado a él supe, por medio de personas antiguas y conocedoras del lugar, una historia que por lo curiosa no la olvidaré jamás. Se trata del «Encanto de la Mina Ahogada».

La historia me la han referido de la siguiente manera:

«Hace no menos de 80 años, allá en el año de 1845, que un «macho» era dueño de los terrenos en que tiene su asiento «La Mina Ahogada». Ese Macho (cuyo nombre ignoro a pesar de los muchos esfuerzos que he realizado por averiguarlo), tenía como esclavos a un número considerable de Indios, que ocupaba en los trabajos de la mina.

Una vez les prometió, bajo su palabra de honor, que les pondría en libertad el día que le mostraran el oro de la mina, de manera de poderlo cortar con cincel… 

Los indios esclavos, estimulados por esta formal promesa, trabajaron con ahínco y empeño, y en su interior elevaron plegarias al cielo para que éste les concediera lo que el amo les exigía como precio de su libertad… y los ruegos de aquellos pobres siervos fueron escuchados por Dios, como fueron escuchados por Zeus los ruegos de Tetis para conceder a Aquiles, hijo de Peleo, la inmensa fama y gloria entre «los aqueos de hermosas grebas».

Un día de tantos apareció el oro como «el Macho» lo deseaba; aquel oro que para él era una riqueza incalculable, y para los esclavos la libertad y con ella su dicha, su felicidad.

Pero he aquí lo que el macho les dijo cuando los indios le mostraron el oro, y le pidieron el cumplimiento de la palabra empeñada : «Ahora, ni los santos ni los ángeles del cielo que bajaran a este lugar me obligarían a daros la libertad que me pedís; antes, por el contrario, tenéis que trabajar más y más y darme todo el oro de esta mina en grandes barras y bien estivado en uno de los aposentos de mi casa y, si no lo hacéis así, yo sabré dar buena cuenta de todos vosotros»… 

Al oír esto los esclavos no protestaron, pero concibieron un plan admirable de venganza que por la noche pusieron en práctica; desviaron el cauce de un río, que hoy se conoce con el nombre de Río de Oro, y lo echaron por la boca principal de la mina… Las herramientas, maquinarias y accesorios necesarios para la explotación de la mina fueron sepultados para siempre bajo el peso del agua y la inundación se encargó de destruirlo todo… 

Y los indios, pobres esclavos, una vez satisfecha su justa venganza, se dieron a la fuga y se esparcieron por las selvas… y nadie volvió a saber de su paradero.

Por eso, me han dicho, algunas noches se ven en ese sitio tres bolas de oro bastante grandes gravitar en el espacio, y en sus movimientos y balanceos pareciera como que un gigante se entretuviera en jugar malabares con ellas.

Otros me han asegurado que al acercarse al lugar que ocupa la mina, se oyen ruidos y estruendos espantosos dentro de ella.

Y también no ha faltado quien me haya dicho, que en el túnel más grande se ha visto un magnífico palacio de cristal y dentro de él, una rica princesa enjoyada y vestida con traje color de cielo, sentada en un trono de rubíes y diamantes y, de una belleza sin igual, hilando en una rueca de oro: tal es el encanto de la Mina Ahogada.

Esta es la historia que me han contado y que yo ahora, gustoso, doy a conocer a mis amables lectores.

Luego he sabido que dos compañías han venido a explotar la mina, pero han abandonado la empresa, por haber obtenido resultados poco satisfactorios. Ahora es dueño de la mina el acaudalado agricultor norteamericano Mr. Alexander Ross, pero no la explota, por lo que dije ya, no obstante tener fama esta mina de ser una de las más ricas de todo el mundo.

Ahora bien: cuando he pensado en el encanto de la Mina Ahogada en las noches tranquilas y serenas, cuando el cielo aparece sembrado de luminosas y titilantes estrellas, han venido a mi memoria, en confuso tropel, los diversos cuentos de hadas que de niño, mientras el dulce sueño venía a apoderarse de mí, mi madre amada me refería con su ternura propia de madre cariñosa, y he deseado ser transportado al lugar de la mina para contemplar de cerca a la linda princesa con su traje color de cielo, hilando en su rueca de oro.

Santa Ana, julio de 1925.

(Tomado de la «Escuela Costarricense».)

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