NUESTRA HEMEROTECA: El Silencio de los Muertos: Un cementerio precolombino resurge en El Fierro (2015)

  • Bajo la tierra que albergará el nuevo Laboratorio Nacional de Aguas, arqueólogos descubren un antiguo paisaje funerario con 20 tumbas de cajón que revelan los rituales de una sociedad del 800 al 1250 d.C.

En la fría meseta de Ochomogo, donde el viento corta el rostro y la neblina se enreda entre los cipreses, el subsuelo ha roto su silencio. No con ruido, sino con el peso milenario de la tierra removida. Allí, en los terrenos donde el Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados (AyA) planea erigir el nuevo Laboratorio Nacional de Aguas, un equipo de arqueólogos ha abierto una ventana al pasado profundo de Costa Rica.

Lo que encontraron no fue una aldea, sino una ciudad de los muertos.

Bajo la capa de pasto y ceniza volcánica que el Vivero Forestal Anderson utilizó para sus almácigos, yacía un osario cuidadosamente construido. Magdalena León Coto, arqueóloga a cargo del proyecto, describe el hallazgo con la precisión de quien descifra un código: «Veinte tumbas de cajón», afirma, «construidas con lajas y cantos rodados, formando rectángulos perfectos que los antiguos habitantes del Valle Central utilizaron para su último viaje».

Pero no viajaron solos. Cada tumba, sellada con losas de piedra y protegida por un círculo de grandes rocas (una característica que ya el explorador Hartman documentó en 1901), contenía el eco de una ceremonia. Sobre las tapas y en el interior, los arqueólogos hallaron un ajuar de 29 artefactos: escudillas trípodes, ollas globulares con restos de hollín, y pequeños jarrones decorados con líneas amarillas y rojas. No se trataba de simples recipientes, sino de objetos cargados de simbolismo, usados para «despedir al difunto con comidas y rituales previos al enterramiento», detalla el informe.

El análisis odontológico, a cargo de la doctora Flora Barquero, le puso rostro y edad a los huesos desgastados por el tiempo. A pesar de la pésima conservación —solo algunos dientes y esmalte resistieron la acidez del suelo volcánico—, la ciencia logró hablar por ellos. En la Tumba 3, los restos de un molar de leche y un canino permanente revelaron la historia de un niño de 7 u 8 años, de contextura grande y fuerte. En la Tumba 8, un osario más grande, de casi tres metros de largo, contenía dos cráneos y huesos largos de varios individuos, incluyendo un adulto mayor de 30 años. Era la evidencia de una práctica común: la reutilización de las tumbas como osarios familiares.

El área excavada, de apenas 106 metros cuadrados, resultó ser el último bastión de un cementerio que alguna vez abarcó toda la terraza. El resto, explicó León Coto, fue víctima de la historia reciente: la construcción de terrazas, el sistema de riego del vivero y, sobre todo, el saqueo sistemático de «huaqueros» que durante décadas convirtieron el sitio en una cantera de tesoros precolombinos.

«Aún encontramos artefactos tapados con hojas y ramas, recién lavados, esperando el momento para ser extraídos», lamenta la arqueóloga.

Los fragmentos de cerámica recuperados en los pozos de sondeo (con una profundidad de entre 20 y 80 centímetros) confirmaron una ocupación prolongada de la terraza. Desde la Fase Barva (2000-500 a.C.) hasta la Pavas (500 a.C.-400 d.C.), el lugar fue testigo de la vida cotidiana. Pero fue en la Fase Cartago Temprana (800-1250 d.C.) cuando el paisaje se transformó en un espacio funerario sagrado.

Los análisis de laboratorio revelaron patrones interesantes: mientras que en las áreas habitacionales predominan los tipos cerámicos de uso culinario, en el cementerio los artefactos, como las escudillas Irazú Línea Amarilla y los jarrones de la Gran Nicoya, se usaban exclusivamente como ofrendas. «Eran objetos muy valorados», apunta el informe, «algunos incluso reparados con pequeños hoyos, lo que denota su aprecio y su función simbólica».

Pero quizás el hallazgo más conmovedor fue el límite del cementerio: un círculo de grandes rocas, de tamaños similares y con una cara plana, que delimitaba el espacio sagrado. «Posiblemente se trataba de personas relacionadas entre sí: grupos familiares o clanes», intuye la arqueóloga.

Las implicaciones de este hallazgo van más allá del inventario de objetos. El sitio Aurora (C-375 Ar/AyA) ahora se suma a una larga lista de cementerios de cajón en el Valle Central, como El Cristo (C-39EC) o La Ribera (H-33LR), que han redefinido nuestra comprensión de las sociedades precolombinas.

Con la conclusión de esta segunda evaluación arqueológica, el terreno queda liberado para la construcción. La arqueóloga León Coto es clara: «No se recomiendan trabajos adicionales. Se ha excavado el sector funerario y se ha dado por concluida la investigación en el área de impacto». Sin embargo, una advertencia queda flotando en el aire: «El resto de la propiedad del AyA sigue siendo parte del Sitio Arqueológico Aurora, protegido por la Ley de Patrimonio Cultural. Cualquier proyecto futuro requerirá una nueva evaluación».

Así, mientras los planos del nuevo edificio avanzan sobre el papel, el eco de los antiguos habitantes de Ochomogo sigue resonando en las lajas y cantos rodados. La construcción del futuro laboratorio del agua, que dará de beber a los costarricenses del mañana, se levanta sobre la memoria de quienes, hace más de mil años, ya entendían el valor sagrado de la vida y de la muerte. (ljc2026)

FUENTES: Informe Final del sitio y entrevista a arqueóloga Magdalena León.

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