
Pese a que el público amante del fútbol ya sabía que el gran jugador de antaño Jesús («Chiseta») Rojas estaba enfermo, la noticia de su muerte, ocurrida ayer a temprana hora, vino a ser un violento impacto en el corazón de todos los deportistas costarricenses.
Cuando precisamente se organizaban movimientos para llevar hasta su cama de enfermo en el Policlínico del Seguro Social la ayuda moral y económica que un valor de su talla se merecía, surgió implacable la muerte llevándose hacia la eternidad al glorioso futbolista en el viaje que no tendrá ya regreso.
La desaparición del gran «Chiseta» viene a cubrir con severos crespones negros nuestra sección deportiva, porque queremos hacer nuestro hasta lo más íntimo del corazón el duelo que aflige hoy a sus familiares y amigos, que los tuvo por miles en todas partes de este país.
Al morir «Chiseta», se va otro de los balompedistas que, en una época de oro para este popular pasatiempo de las multitudes, supieron poner su alma y su cuerpo al servicio de un club o de una enseña sin pedir a cambio nada. Era de aquellos hombres de temple de acero y de cuerpo sano que vivieron el deporte intensamente, por placer corporal y por mandato espiritual, defendiendo con honor el nombre de su club o la enseña patria, derrochando en la cancha hasta la última gota de sus energías.
«Chiseta» nunca ganó sueldo alguno por jugar al fútbol vistiendo el suéter de la Gimnástica Española, haciéndolo al lado de hombres de la estatura moral de Ricardo González, Félix Arcadio Montero, Pepe Escorriola, Jorge Quesada y tantos otros gloriosos elementos de aquella época inolvidable.
Por sus dotes extraordinarios, fue uno de los cuatro ticos que merecieron la oportunidad de jugar en España en el año de 1935 en las filas del Deportivo Español de Barcelona, regresando sin embargo pronto al suelo patrio afectado por una terrible nostalgia por su Tres Ríos querido, su pueblito natal que llevó siempre pegado al corazón, a ese corazón de niño grande que fue el que le llevó a la muerte.
Jugó durante catorce años consecutivos en las filas gimnásticas y reforzó a los principales equipos que se aventuraban por aquellos dorados tiempos fuera de nuestras fronteras, formando parte, por citar solo dos casos, de los cuadros que con los colores del Alajuelense se cubrieron de gloria en canchas mexicanas y peruanas.
Su mayor satisfacción ocurrió en los Juegos Deportivos Centroamericanos celebrados en El Salvador en 1935, en los que fue declarado el mejor futbolista de todo el circuito. Jugó la extraordinaria cantidad de 61 partidos internacionales, habiendo actuado en los siguientes países defendiendo el prestigio del fútbol nacional: Colombia, México, Guatemala, Perú, Ecuador, Honduras, El Salvador, Curazao, Aruba y España.
Su característica más definida en la cancha fue su coraje extraordinario, pues con su velocidad fantástica y sus condiciones atléticas excepcionales anulaba a los mejores extremos derechos en su posición habitual de medio izquierdo. Fuera de la cancha era el hombre alegre del chiste oportuno que hacía reír a todos sus compañeros, aun después de las derrotas, haciendo volver el ánimo a todos con sus salidas ingeniosas. En su pueblo natal fue ídolo por su espíritu festivo y por la gloria que trajo a sus lares con sus fantásticas actuaciones futbolísticas.
Dejó de jugar en primeras divisiones hace unos quince años contra su voluntad, pues todavía era un atleta de impresionante físico, pero el examen médico acusó ante el asombro general que tenía una deficiencia cardíaca. Al principio nadie creyó aquel diagnóstico, pero exámenes posteriores reafirmaron la ingrata noticia de que su carrera gloriosa había terminado. Pese a todo, siguió jugando por algún tiempo en canchas abiertas, rebelándose a dejar la cancha que había sido todo en su vida. Pero la dolencia aumentó y, en definitiva, los zapatos que usara por 14 años quedaron colgados ya para siempre en un rincón de su modesto hogar.
Vinieron después días amargos porque el espíritu inquieto del gran jugador no pudo asimilar nunca su retiro del fútbol y cayó después en esas debilidades humanas en que tratan de refugiarse las almas atormentadas. Su enfermedad implacable avanzó hasta obligar su internamiento en el Policlínico del Seguro Social, en donde fue atendido solícitamente por médicos y enfermeras en la esperanza de salvarle. Pero todo fue en vano: «Chiseta» entregó ayer su alma al Creador. Hoy está en las alturas sometido al juicio divino. Posiblemente allá tendrá el descanso que su alma merecía.
En la tierra ha dejado una impresa huella. La dejó estampada en las canchas de fútbol y la memoria de nadie la borrará. «Chiseta» Rojas será recordado eternamente por las juventudes deportivas como alguien que supo cumplir dignamente.

En el Periodo de Gobierno Municipal 1994/1998, a solicitud de la Administración Ejecutiva Municipal de entonces, el Concejo Municipal le confirmó la Ciudadanía de Honor, en homenaje póstumo a su brillante deportiva. Anterior a esa época, la cancha de fútbol de Tres Ríos, ubicada en la Urb. Tres Ríos, más conocida como El INVU, fue bautizada con su nombre, para perpetuar su memoria…