El Plan Maestro del Acueducto Municipal de La Unión, con su mirada puesta en el 2045, nos entrega un diagnóstico técnico que debiera ser un llamado de atención y, a la vez, una hoja de ruta ineludible. Sin embargo, tras la lectura cuidadosa de la entrevista con el Ing. Christian Richmond, director del Acueducto, queda una inquietud que trasciende las tuberías y las válvulas: ¿estamos ante una planificación rigurosa o ante un ejercicio de buenas intenciones que se diluye en la falta de plazos concretos?
El problema es claro y no admite interpretaciones. La red de distribución del cantón opera con presiones que no solo incumplen la norma técnica (70 metros de columna de agua), sino que alcanzan picos de hasta 112 metros en horarios nocturnos. Ese exceso de presión, combinado con tuberías obsoletas, no es una casualidad, es la causa directa de las fugas sistemáticas que convierten las calles en un mapa de parches de concreto. El ejemplo del entrevistador, con seis reparaciones en apenas 50 metros, no es una anécdota; es la radiografía de una gestión reactiva que normaliza la emergencia.
La respuesta del director Richmond es técnicamente impecable. Habla de modelos hidráulicos, de geolocalización de fugas y de la instalación de válvulas reguladoras. Reconoce que cambiar 100 metros de tubería puede ser más barato que reparar una fuga tras otra. Pero hay un «pero» que pesa más que el propio diagnóstico: no hay un cronograma vinculante.
El argumento de que las obras deben ejecutarse «conforme crezca la demanda» para evitar un sobredimensionamiento es, en el papel, una lógica financiera sensata. En la práctica, sin embargo, se convierte en una coartada perfecta para la inacción. Si las fugas de hoy ya son un problema crítico, esperar a que llegue un proyecto inmobiliario de 500 pajas de agua para sustituir un tramo de tubería es como cerrar la llave después de que la casa se inundó. El Plan Maestro no puede ser una carta de navegación que se consulta solo cuando el desarrollador llama a la puerta; debe ser el instrumento que anticipe y resuelva las deficiencias estructurales actuales.
A esto se suma la incómoda sombra de la amenaza legal que el periodista señala haber recibido por indagar en estos temas. Si el documento es público, si su contenido es de interés vital para la comunidad, ¿por qué la reacción no es la apertura total, sino el manto de la advertencia jurídica? La transparencia no se negocia, y menos cuando se trata de un recurso tan sensible como el agua. Cualquier intento de coartar el escrutinio público solo alimenta la sospecha de que hay información incómoda que no se quiere revelar.
El frente de las nuevas fuentes de abastecimiento no es menos desalentador. Mientras el estudio de Senara ya advierte que la microcuenca del río Tiribí no será suficiente para la demanda de 2045, las soluciones planteadas—desde la compra de agua al AyA hasta la cesión de nuevos servicios—se presentan como un dilema «político» más que técnico. Eso es un reconocimiento peligroso: significa que la sostenibilidad hídrica del cantón podría quedar atrapada en la burocracia y en negociaciones de escritorio, mientras la necesidad apremia.
La «guerra contra las fugas» que proclama el Plan Maestro no se gana con discursos ni con modelos informáticos que pintan puntos rojos en un mapa. Se gana con obra física ejecutada, con presupuestos asignados y con fechas de entrega. Se gana, sobre todo, dejando de lado la inercia de la reparación parche para abrazar la inversión preventiva. El director afirma que se está eliminando «la vieja costumbre de cerrar un poquito la válvula». Ojalá que también se esté eliminando la vieja costumbre de postergar decisiones.
La Unión merece un acueducto del siglo XXI, no un sistema que sobrevive con la lógica de la emergencia. El Plan Maestro es un buen diagnóstico, pero sin un cronograma público y sin una voluntad política firme para priorizar estas inversiones, corre el riesgo de quedarse en un hermoso documento empolvado en un estante. La pregunta que cuelga sobre el cantón no es si habrá agua en 2045, sino si tendremos la voluntad de empezar a asegurarla hoy, antes de que la próxima fuga sea la que finalmente rompa la confianza de los vecinos.
Crónicas de La Unión
Periodismo que no se rinde ante las tuberías rotas ni ante las amenazas veladas.

La topografía del Cantón hace que para la distribución del agua y la operación del sistema no sea suficiente pasar la noche «valvuleando» para repartir lo poco entre muchos.
El «Plan Maestro» al que le atribuimos poderes mágicos,como el Popol-Vuh, no es más que un modelo numérico ESTÁTICO y solo representa un posible escenario de millones que puedan ocurrir.
El plan de desarrollo del acueducto debe ir de la mano de un plan regulador para anticipar posibles requerimientos de caudal para diferentes usuarios: vivienda, industria, comercio, hospitales, entre otros.
El crecimiento habitacional será muy grande si nos convertimos en una ciudad dormitorio y poco a poco irán desapareciendo las casitas viejas para dar paso a la densificacion habitacional «vertical «; esto en términos de consumo de agua puede significar que la población pueda pasar de 50 personas por hectárea a 500 o más.
Por otra parte, la operación deberá tecnificarse para tomar decisiones en tiempo real para garantizar el suministro continuo en cantidad y calidad, es decir, será necesario establecer un centro de control operacional con ingenieros y técnicos entrenados para este fin que funcione 24/7.
En resumen, hay que dar un paso mas allá del Plan Maestro, ya que en cinco años este documento deberá ser enviado a Archivos Nacionales por obsolescencia.