
El Índice de Competitividad Nacional 2025 ha colocado al cantón de La Unión en la posición 19 entre 82 cantones, con un puntaje de 59,8 sobre 100 y una calificación de desempeño “emergente”. El informe del Consejo de Promoción de la Competitividad es claro: el cantón “presenta posibilidades de crecimiento en algunas dimensiones”. Pero también revela una paradoja inquietante que merece una reflexión profunda.
La Unión es, en muchos sentidos, un cantón de dos caras. Por un lado, presume de una eficiencia administrativa envidiable: es el segundo cantón del país con los trámites más ágiles, alcanza puntajes perfectos en regulación municipal, permisos de construcción y gobierno digital. Sus ciudadanos pueden obtener una licencia comercial en apenas cinco días. Su red vial cantonal está en buen estado en un 88%. El acceso a servicios básicos como agua, electricidad y eliminación de desechos supera el 96% de los hogares.
Ese es el rostro que cualquier municipalidad quisiera mostrar. Pero el espejo refleja otra imagen igualmente cierta: La Unión es el cantón número 78 en inversión educativa, el 68 en habilidades técnicas de su fuerza laboral y el 68 en servicios públicos municipales. La contradicción no puede ser más evidente: se ha construido una maquinaria administrativa de primer nivel, pero se ha descuidado lo que realmente construye futuro: la educación, la capacitación técnica y los servicios que mejoran la calidad de vida cotidiana.
Los números son lapidarios. La inversión por estudiante en programas de equidad es de apenas 32.234 colones, ubicándose en el puesto 73. En gastos operativos y mantenimiento, 2.245 colones por estudiante, puesto 56. En infraestructura escolar, 73.852 colones por estudiante, puesto 76. ¿Cómo explicar que un cantón tan eficiente en la gestión de trámites sea tan ineficiente en la asignación de recursos para la educación de sus niños y jóvenes?
Más grave aún: la tasa de técnicos graduados en TIC es de 0,6 por cada 100.000 habitantes. En turismo, 4,0. En inglés, 2,0. Una fuerza laboral sin habilidades técnicas es una condena al rezago económico. En un mundo que demanda cada vez más especialización, La Unión está formando ciudadanos para el empleo precario del pasado, no para los trabajos calificados del futuro.
El pilar de salud, con 40,3 puntos y el puesto 69, completa un cuadro de abandono de lo humano. Una esperanza de vida de apenas 74 años, tasas elevadas de mortalidad infantil y embarazo adolescente no son compatibles con un cantón que se precie de ser competitivo. La competitividad no puede medirse solo por la velocidad de los trámites o el estado de las carreteras. La verdadera competitividad comienza en la salud y la educación de las personas.
Tampoco puede ignorarse que, mientras la Municipalidad presume de eficiencia digital, solo el 41% de los hogares tiene acceso a internet y apenas el 38% a una computadora. La brecha digital dentro del hogar contradice el discurso de modernidad administrativa. ¿De qué sirve un gobierno electrónico impecable si la mitad de la población no tiene las herramientas para usarlo?
El sector laboral muestra una tasa de desempleo del 12,7% y un desempleo de larga duración del 6,5%, ambos alarmantemente altos. La estabilidad en el empleo alcanza el 93,2%, pero ¿qué estabilidad puede ofrecer un mercado laboral que no genera suficientes puestos calificados?
No se trata de un editorial destructivo. La Unión tiene bases sólidas sobre las cuales construir. Su eficiencia administrativa es un activo invaluable que muchos cantones envidiarían. Su red vial en buen estado, su cobertura de servicios básicos y su capacidad de gestión presupuestaria (con solo 5% de dependencia de transferencias) son cimientos firmes.
Pero esos cimientos no sostendrán un desarrollo sostenible si no se redirige el esfuerzo hacia lo esencial. La Municipalidad y sus líderes deben preguntarse: ¿para qué tanta eficiencia, si no es para invertir en las personas?
Es hora de un cambio de prioridades. La inversión en educación debe multiplicarse, no solo en infraestructura escolar sino en programas de equidad que reduzcan las brechas. La formación técnica debe convertirse en una política pública central, con alianzas con el INA, universidades y el sector privado. El servicio de aseo de vías, hoy con apenas 11% de cobertura y 1% de inversión, debe ser repensado como una necesidad básica de dignidad urbana. La salud preventiva y la atención a madres adolescentes requieren una intervención inmediata.
La Unión tiene el potencial para dejar de ser un cantón “emergente” y convertirse en un modelo de desarrollo integral. Pero para ello debe entender que la competitividad verdadera no se agota en los trámites ágiles ni en los permisos de construcción perfectos. La competitividad se construye desde la cuna, en las aulas, en los centros de capacitación, en los consultorios médicos y en las calles limpias.
De lo contrario, el cantón seguirá siendo una paradoja: un lugar donde es fácil hacer trámites, pero difícil construir un futuro próspero. Un lugar eficiente en el papel, pero emergente en la realidad de sus habitantes.
La pregunta no es si La Unión puede mejorar. La pregunta es si sus líderes tendrán la voluntad de hacerlo.
