AUTISMO Dionisio Rojas González: “El silencio también habla, solo hay que aprender a escucharlo”

Dionisio Rojas González no se presenta como escritor, sino como padre. Esa distinción es la esencia de su libro, El Silencio del Corazón, la historia de un niño autista, un texto que desafía las etiquetas desde su origen. Lo que comenzó como un viaje personal de incomprensión, dolor y aprendizajes abruptos —marcado por la muerte de su esposa, una mudanza forzada de la tranquilidad de Esparza al bullicio de Tres Ríos y la lucha incansable por conectar con su hijo Josué— se transformó en una bitácora literaria que busca reeducar la mirada del mundo.

Dionisio viene a conversar no solo sobre un libro, sino sobre una revolución silenciosa: la de aprender a amar sin palabras, la de sostener procesos que no son lineales y la de entender que, a veces, los hijos no necesitan cambiar para encajar, sino que el mundo necesita ensancharse para comprenderlos. Con la honestidad de quien ha tenido que desaprender para volver a empezar, nos recibe para hablarnos de su obra, de su hijo Jojo y de ese silencio que, bien escuchado, se convierte en el lenguaje más profundo del corazón.

1. Don Dionisio, en su libro deja claro que no es una historia sobre autismo, sino una historia sobre aprender a amar cuando no se sabe cómo. ¿Cuándo sintió que el diagnóstico dejó de ser una etiqueta médica y se convirtió en una oportunidad para redefinir lo que significa ser padre?


R. No fue algo fácil ni de la noche a la mañana. Tuvo que pasar por todo un proceso, especialmente tras la muerte de mi esposa, madre de Josué. Al quedar solo con él, comencé a darme cuenta que mi hijo tenía una condición neurodivergente (autismo). Me tomó aproximadamente once años poder determinar que no debía etiquetar a mi hijo como “un ser autista”. Por eso el libro no habla de autismo, sino de cómo los seres humanos pueden obtener resiliencia, empatía y una comunicación que permita sacarlos adelante.

2. El texto aborda dos pérdidas fundamentales: la de Keva (madre de Josué) y la del abuelo materno. En medio de ese duelo, también describen una mudanza abrupta que para Josué fue una “ruptura”. ¿Cómo se reconstruye un hogar y una rutina para un niño que percibe el mundo con una intensidad tan profunda, cuando los adultos también están rotos por el dolor?


R. Fue muy difícil. Mi esposa falleció el 5 de abril y mi suegro el 7 del mismo mes, por lo que hicieron dos entierros casi seguidos. Josué vio partir a su madre y a su abuelo (con quien vivían y era muy apegado). Luego lo trasladamos de Esparza a Tres Ríos, un entorno más ruidoso y estresante. Esto llevó a Josué a encapsularse en su cuarto, sin salir. Con ayuda de un psiquiatra (Dr. Malavassi) comenzamos a trabajar desde sus once años. Poco a poco, Josué se ha adaptado: puede ir al supermercado, a la panadería, viajar solo al colegio, etc. El libro relata todo ese proceso traumático que él tuvo que pasar.

3. Usted menciona que tuvo que “desaprender” para convertirse en el padre que su hijo necesitaba. ¿Cuál fue el momento más difícil de ese proceso: el instante en que dejó de intentar que Josué encajara en el mundo, o el instante en que decidió que el mundo debía aprender a mirar desde los ojos de él?

R. El momento más difícil fue cuando dejé de intentar que Josué encajara. Tuve que aprender a desaprender para aprender nuevamente. Eso implicó entender sus gestos, sentimientos, soledad, y cuando él no quiere algo. Por ejemplo, si le pido ir a comprar pan y Josué dice “no papá”, aprendió que en ese momento él anímicamente no puede. También aprendí que Josué es muy estructurado: necesita tiempos definidos y no le gustan los cambios de planes repentinos. Incluso me enojé con Dios por no entender a mi hijo, pero tras nueve años comprendí que había sido educado en estructuras cuadradas, y que con Josué se necesitan estructuras redondas o hexagonales.

4. El libro tiene un propósito muy claro de “reeducar la mirada”. En sus fragmentos, se habla de las miradas ajenas, las comparaciones y las frases disfrazadas de preocupación. ¿Qué le diría a ese adulto, docente o familiar que aún hoy mide el desarrollo humano con una regla lineal y espera que todos los niños cumplan con los mismos tiempos?


R. Definitivamente es un gran problema. La gente compite por quién caminó primero, etc., pero hay que entender que los niños neurodivergentes son diferentes. Por ejemplo, mi hijo habla solo en inglés en el autobús y la gente lo mira raro. Parte del libro busca educar, tener resiliencia y ponerse en los zapatos de otros. No se puede medir a todos con la misma vara. En el colegio privado no lo entendieron; en el Liceo Mario Quirós, tras un proceso, lograron adaptarse y Josué se graduó con honores. El libro enseña a educadores, padres y familia a no hacer comparaciones inadecuadas.

5. Hay un capítulo titulado “Yo, Josué (16 años)”, donde su hijo dice: “No es que no quiera hablar. Es que ustedes no entienden lo que significa tener todo adentro… y no poder ordenarlo”. ¿Cómo fue el proceso de escribir esa parte? ¿Fue un ejercicio de observación o hubo un momento en que Josué pudo “traducirse” a través de ustedes?


R. Fue un proceso de mucha observación. A los dieciséis años, Josué salía del aula por el ruido, y la gente no entendía. En reuniones con orientadores explicaron que él necesitaba espacios. Una vez llegó 15 minutos tarde a clase y, sin haber escuchado la lección, fue el único que respondió correctamente. En casa,  aprendí a leer su lenguaje corporal, sus ojos, su caminar. Aunque dice que todavía no entiende todo, puede acercarse y preguntarle. Josué a veces expresa pensamientos filosóficos o existenciales, pero en su propio tiempo y espacio.

6. Su hijo obtuvo su título de bachiller con Honores y una beca universitaria. Pero ustedes enfatizan que no fue porque se adaptó, sino porque encontró un lugar donde no tenía que hacerlo. ¿Cómo lograron sostener esa lucha en el sistema educativo para que él pudiera brillar sin perder su esencia?


R. Fue bastante difícil. Al intentar matricularlo en el Liceo Mario Quirós, le cerraron las puertas y tuve que poner un recurso de amparo. Incluso con la orden, le pusieron trabas de pago. Gracias a amigos en el Ministerio de Educación y a directores, maestros y orientadores que cambiaron su “chip”, lograron que el sistema se adaptara. Josué obtuvo un promedio superior al 99.5%, le dieron un regalo (iPod) y sus compañeros lo apoyaron en momentos de ansiedad. El sistema educativo se adaptó, no al revés.

7. El cierre del libro afirma que “el silencio también habla”. Si tuviera que quedarse con una sola lección que Josué le haya enseñado en este viaje (desde el nacimiento hasta la universidad), ¿cuál sería y cómo ha transformado su manera de relacionarse con el mundo?


R. La lección más importante es la resiliencia: adaptarse. Josué le enseñó a ver el mundo diferente, a tener empatía y a ser más humano. Por ejemplo, una vez en un semáforo, Josué le reprochó no dar monedas a un adulto mayor que pedía limosna, y el padre tuvo que dar la vuelta para darle el dinero. Ahora, cuando sabe que alguien tiene una necesidad, trata de ayudar. Josué le enseñó a no subir el vidrio ante el dolor ajeno, sino a actuar con amor.

Actuar con amor 

Dionisio Rojas González cierra su libro con una advertencia: después de conocer a Josué, ya no se puede decir que el silencio es vacío. Al despedirnos, esa verdad resuena con más fuerza que cualquier discurso. Su testimonio no es el de un experto en crianza, sino el de un hombre que, a través del dolor de la pérdida y la confusión de lo inesperado, encontró en la paciencia y la observación el camino para conectar con su hijo.

El Silencio del Corazón no es un manual, es un espejo. Y Dionisio, con la misma determinación con la que decidió quedarse y aprender, nos deja una pregunta flotando en el aire que trasciende las páginas de su obra: ¿Estamos dispuestos a escuchar lo que el mundo calla, o seguiremos esperando que todos hablen el mismo idioma? Porque en su historia, la respuesta fue clara: no se trata de hacer menos ruido, sino de aprender a escuchar las frecuencias distintas. Y en esa escucha, como él bien lo demuestra, a veces encontramos la forma más honesta de amar.

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El lenguaje del amor

  • Josué actualmente: Tiene 19 años, estudia Ingeniería Informática en la Universidad Ulacit. Es independiente, cocina, sale a caminar, va al parque a hacer ejercicio, lee mucho (culturas griega, egipcia, etc.) y puede conversar de política.
  • Dónde conseguir el libro “El silencio del corazón”:
    • Amazon: versión tablet (7 USD), tapa blanda (~18.55 USD), tapa dura (26 USD).
    • Próximamente en físico (después del 15 de mayo) a 9.500 colones.
    • Contacto telefónico: 85 46 48 84.
  • Mensaje final del autor: El libro no solo es la vida de un niño autista; mueve por dentro, enseña amor, comprensión, paciencia, empatía y transforma a quien lo lee. Busca que veamos a los neurodivergentes como seres capaces y llenos de luz.

One thought on “AUTISMO Dionisio Rojas González: “El silencio también habla, solo hay que aprender a escucharlo”

  1. Un reconocimiento a la excelencia, al tiempo y al espacio dedicado por parte del autor Diosnicio González el cual nos ayuda a comprender que no siempre el mundo es igual para todos pero todo sí podemos compartir el nuestro y viceversa con nuestro alrededor para intentar hacer la vida más plena, muchísimas felicidades por el gran logro de su libro un gran abrazo e infinitos éxitos más en el presente de los días venideros 🙏🙌

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