
- Presiones bajas, fugas invisibles, fuentes desprotegidas y un saneamiento rezagado. La ingeniera Paola Vidal desmenuza los componentes críticos de los acueductos y advierte: sin una gestión integral, cada gota contará menos en un futuro complejo.
Ing. Paola Vidal
Por Leonardo Jiménez Campos
Periodista
PRIMERA PARTE

Veinticinco años de contar historias locales en el Cantón de La Union, Cartago, me han enseñado que detrás de cada servicio público hay una estructura que pocos ven, hasta que falla. El agua potable es quizás el ejemplo más claro: llega, se abre la llave, y solo cuando no sale o sale turbia, empezamos a preguntarnos por qué.
Para entender la “radiografía” de un sistema de acueducto —desde la captación hasta el grifo— conversamos con la ingeniera Paola Vidal, especialista en sistemas hídricos y referente técnico desde el Colegio de Ingenieros. Su diagnóstico es claro: estamos acostumbrados a ver el agua potable como un producto que termina en el desagüe, pero en realidad es parte de un ciclo que, si se rompe, nos deja a todos en jaque.
“El acueducto es un sistema, y además está inmerso en un sistema más grande”, arranca Vidal. “Con mucha frecuencia hacemos una separación que no es conveniente: después de que usamos el agua, hay que devolverla. Al trabajarlo de manera desagregada, hemos tenido un rezago muy grande en saneamiento en el país”.
Desde el primer sorbo, entonces, el recorrido comienza en una fuente. Puede ser subterránea o superficial, cerca o lejos, limpia o vulnerable. “Todos los demás elementos van a depender de manera directa de dónde sacamos esa agua”, explica la ingeniera. “En función de la distancia y la calidad, así voy a planificar las obras de captación, el transporte, el tratamiento, el almacenamiento y la red de distribución”.
El mito del agua “naturalmente potable”

Uno de los puntos que más enfatiza Vidal es un error conceptual frecuente: creer que porque una fuente se ve limpia, el agua ya es potable. “Yo puedo tener una muy buena fuente, pero no es considerada potable hasta que le aplique al menos un proceso de desinfección”, aclara. “Siempre tenemos que tener algún acondicionamiento”.
Ese proceso varía según la calidad del agua cruda. En Costa Rica, la normativa exige una calidad base mínima para usar fuentes superficiales, lo que ha permitido que predominen las plantas potabilizadoras convencionales. “Si el agua está muy contaminada, hay que aplicar procesos más complejos y caros. Si tiene muy buena calidad, con solo desinfectarla es suficiente”.
Las plantas de filtración rápida y lenta se centran en remover sólidos —producto de la erosión en las cuencas— mediante desarenadores, sedimentación, coagulación, floculación y filtración. Al final, la cloración cierra el proceso antes de que el agua salga al sistema de almacenamiento y, desde ahí, a las tuberías que llegan a los hogares.
Presión: el delicado equilibrio entre el cerro y el valle
Costa Rica tiene una topografía que no perdona. “Somos un país cero aburrido —dice la ingeniera entre risas—, con valles y montañas empinadas”. Ese relieve convierte la gestión de la presión en un arte de ingeniería.
“Si tengo un solo punto de abastecimiento y un terreno muy quebrado, siempre tendré presiones muy bajas en los puntos más altos y alejados, y presiones muy altas en los más bajos”, describe Vidal. “Si bajo la presión para proteger las zonas bajas, dejo sin presión a los de arriba. Si la subo para que llegue a los altos, sobrepaso lo recomendado en los bajos”.
Las consecuencias se sienten directamente en las viviendas. Las presiones bajas generan el clásico problema de “si se baña el de abajo, el de arriba no puede”. Las duchas, los calentadores de agua y hasta el simple hecho de lavar ropa se vuelven un reto cotidiano.
Las presiones altas, en cambio, actúan como un enemigo silencioso. “Afectan en mayor medida las fugas, fisuras y rupturas de tuberías”, advierte Vidal. “En las noches, cuando hay sobrepresiones, empiezan a verse fuguitas en los baños, los sanitarios botan agua, las llaves gotean. Y si son fisuras pequeñas, no afloran en un charco visible, pero al sumarlas, terminamos con una pérdida enorme”.
Fugas y agua no contabilizada: más allá de la tubería rota
Cuando se habla de pérdidas de agua, el imaginario colectivo apunta directamente a una tubería reventada. Pero el fenómeno es más complejo. La ingeniera diferencia entre pérdidas físicas (las fugas) y el agua no contabilizada, que incluye conexiones ilícitas, rebalses de tanques, agua usada en procesos operativos del acueducto sin medir, y más.
“El componente de fugas sí tiene una relación directa con las presiones altas. Pero hay otros rubros que no dependen de la presión, y también se nos están escapando del balance”, puntualiza.
Para reducir esas pérdidas, Vidal es enfática: la solución empieza en el diseño. “Desde la etapa de planificación, debemos contemplar zonas de presión, sectorizar, y utilizar elementos como válvulas reductoras, tanques quiebra gradientes o tanques de cola. No se trata solo de poner una válvula, sino de pensar la topografía desde el inicio”.
La instrumentación juega un papel clave. “Tenemos pocos acueductos con medición en red. Las mediciones de presión suelen ser esporádicas, y eso impide identificar fugas a tiempo. Medidores en red, macromedidores, controles de nivel en tanques… todo eso ayuda a detectar problemas antes de que se conviertan en crisis”.
Responsabilidades: ¿hasta dónde llega el operador?
En la conversación surge una pregunta incómoda: ¿es el operador responsable de los daños dentro de las casas? Vidal responde con claridad: “De la acometida del medidor para adentro, la responsabilidad es del usuario. Es él quien debe dar mantenimiento a sus sistemas internos”.
Sin embargo, matiza: “Si hay una recurrencia muy alta de fallos por sobrepresiones o si la presión baja es sistemática, el usuario podría poner una denuncia. Ahí ya es un problema operativo del sistema, y el operador tiene responsabilidad”.
En términos legales, no existe un porcentaje máximo de agua no contabilizada que se exija por ley, pero la presión social y los efectos del cambio climático están cambiando las reglas. “Cada gota cuenta”, resume la ingeniera. “Mantener y regular para aprovechar la mayor cantidad del volumen que extraemos de las fuentes es valioso para todos”.
Un país con un rezago que no puede esperar
Hacia el final de la entrevista, retomamos el tema que Vidal mencionó desde el principio: el saneamiento. “Es algo que tenemos muy desagregado. Hacemos una separación muy marcada entre agua potable y aguas residuales, pero realmente es un ciclo completo”.
El rezago en el manejo de aguas residuales es una de las deudas más grandes del país. Tanques sépticos mal diseñados, construidos u operados terminan contaminando suelos, aguas subterráneas y superficiales. “Toda el agua que usamos la ensuciamos —dice Vidal—. Debería haber sistemas de recolección, tratamiento y devolución al entorno. Así cerramos el ciclo y el agua vuelve a estar disponible para sistemas humanos y naturales”.
Y va más allá: propone pensar en el reúso. “Podemos aprovechar aguas tratadas para jardines, limpieza de aceras, lavar carros o incluso para el inodoro. Hoy hacemos todo eso con agua potable, y eso es un desperdicio enorme”.
El sistema ideal: de la fuente protegida al reúso responsable
Al cierre, le pedimos a la ingeniera que imagine un sistema de acueducto ideal. Enumera, sin titubeos:
- Fuentes seguras y protegidas, con acciones reales de conservación, no solo en el papel.
- Diseño que contemple la topografía, con zonas de presión bien definidas desde el inicio.
- Instrumentación y medición, aunque sea rústica, para llevar registros de caudales y presiones.
- Mantenimiento oportuno, con sustitución planificada de tuberías viejas y uso correcto de materiales.
- Participación activa de la población, en el uso eficiente del agua, la conservación de las fuentes y el cuidado de las instalaciones internas.
- Saneamiento eficiente, con disposición adecuada de las aguas residuales y, de ser posible, reúso.
- Devolver el agua al entorno en mejores condiciones de las que se extrajo, o al menos no deteriorarla.
“No se trata solo de que el operador haga su trabajo —concluye Vidal—. Es una responsabilidad compartida. Todos ensuciamos el agua, todos la usamos, todos debemos participar en su cuidado”.
Epílogo: la entrevista que no termina en el cierre
Mientras agradezco a la ingeniera, le pregunto por alguna referencia técnica que me permita profundizar en el tema de las presiones. Me recomienda un libro colombiano del autor López Cualla —“una excelente referencia”.
La entrevista concluye con una imagen que me queda dando vueltas: el agua no es una flecha que va de la montaña al desagüe. Es un círculo. Y en ese círculo, los eslabones frágiles —fuentes desprotegidas, tuberías envejecidas, saneamiento ausente, presiones mal gestionadas— nos están pasando factura.
Doña Paola Vidal lo resume en una frase simple, de esas que se quedan: “Cada gota, cada gota cuenta”. En un país donde el agua ha sido históricamente abundante, tal vez lo más urgente sea empezar a tratar cada gota como si fuera la última.

El costo del proceso de producción de agua «POTABLE» (apta para consumo humano) es altísimo. Pero quizás, a lo sumo, de los 250 litros de agua que se estima que cada persona consume diariamente, solo ingerimos uno o dos. Los 248 litros de agua potable restantes lo usamos principalmente para jalar la cadena del «SERVICIO SANITARIO», es decir, invertimos una millonada en la potabilización y desinfección para tirarla al tanque septico o alcantarillado sanitario (para los privilegiados con este servicio de AyA.