
Por: Luis Valencia (Luis Aguilar Badilla)
Escritor y Recopilador Histórico del Cantón de La Unión
Tel.: 2279-5748 / 8345-1919 | Correo: luisvalencia@ice.co.cr
Dos clientes comunes entraron por igual a un supermercado y, entre sus varias compras, cada uno llevó una escoba. Ambas fueron escogidas del mismo lugar, tenían el mismo precio y la misma marca; solo el color las diferenciaba.
Al pasar por las cajas de pago, las escobas lucían radiantes, erguidas en los coches y listas para abandonar el supermercado tras haber sido canceladas junto con las demás compras. Las escobas parecían mirarse una a la otra como despidiéndose, sabiendo que cada una tomaría un rumbo diferente —tal vez a un barrio vecino o a un lugar lejano—, sin imaginar lo que más adelante habría de suceder. Y aquí es donde comienza mi historia.
Pasado un tiempo prudente, cierto día, el recolector de basura hizo su entrega de desechos en el vertedero de la ciudad. Al levantar la compuerta hidráulica de su camión, sucedió algo curioso y coincidente: entre los desperdicios, cayeron al vacío las dos escobas de esta historia.
Como si estuvieran poseídas de un alma viviente y las circunstancias las unieran de nuevo, pero esta vez en un lugar distinto y en condiciones físicas muy desiguales, se miraron fijamente. Sumergidas en la fantasía de esta narración, una le dijo a la otra:
—Te recuerdo. Eras una de las que permaneció junto a mí en el escaparate del supermercado. Un día nos compraron al mismo tiempo y salimos de aquel lugar separadas por distintos clientes, y hoy nos volvemos a encontrar.
La escoba que se encontraba en muy buen estado por su poco uso dejó relucir su ego y le preguntó a la otra:
—Y a ti, ¿cómo te fue? Te veo bastante deteriorada. Mientras tanto, yo pasé la mayor parte del tiempo luciendo en un cuarto de pilas antes que trabajando; pasé barriendo pisos de mármol y ayudando a una elegante pala a recoger livianos desechos del hogar. Pero, por el capricho de querer cambiarme, me reemplazaron por otra y aquí me tienes. Aun así, mi condición se mantiene íntegra porque mi vida útil fue muy cuidada y poco aprovechada.
Mientras escuchaba, la otra escoba contemplaba en sí misma el deterioro que le señalaba su compañera: las hebras de barrido alborotadas y sucias, la base golpeada, y el palo o mango despintado y torcido, fruto de una vida más llena de maltrato que del trabajo normal para el que fue fabricada.
La escoba, desde la humildad de su condición, le respondió:
—Mi trabajo no fue como el tuyo, ni mucho menos fui adorno de un cuarto de pilas. Por el contrario, mi lugar siempre fue el patio trasero, bajo el sol, la lluvia y cuanta inclemencia pudiera caer sobre mí. Barrí pisos rústicos, escaleras, caños de aguas malolientes y desechos de animales; me frotaron contra paredes para quitar telarañas, me usaron para espantar animales y, a veces, hasta me tomaron para golpear obstáculos. Estoy aquí porque, en vez de barrer, solo producía rayones por mis hebras deterioradas; ya no recogía bien la basura ni el polvo y mi apariencia era mal vista por el desgaste. Un día me pusieron afuera para que el recolector me llevara, y aquí estoy. Aunque conservo este lamentable estado, me queda la satisfacción de haber cumplido con los deberes para los que fui construida: sin vanidades, sin lamentos y sin negarme jamás a ser tomada por manos bruscas o livianas para realizar las tareas más duras. Posiblemente mi final termine aquí, o tal vez aparezcan unas manos bondadosas que me recojan para darle algún uso antes de mi verdadero fin.
Mientras la escoba golpeada por el duro trabajo hablaba, la escoba vanidosa y radiante por su vida liviana prestaba esmerada atención al relato de su antigua compañera del supermercado. Nunca imaginaron su destino de trabajo, ni mucho menos que se encontrarían en un lúgubre lugar donde las vanidades sucumben y la elegancia termina rendida ante la realidad.
Las dos escobas se seguían mirando, pero ya no con el encanto del supermercado, sino con la ironía de su desempeño. En una aún se notaba la arrogancia, mientras que la otra no disimulaba el cansancio y el agotamiento por los deberes realizados.
De repente, la escoba que aún conservaba su aspecto nuevo alzó la mirada, tal vez algo compasiva, y le dijo triste y desesperanzada a su compañera:
—Ya de aquí no nos volveremos a ver. Si de entre los escombros aparecieran las manos que anhelo y me rescataran, es posible que mi vida termine siendo como la tuya. De acuerdo al lugar desde donde me rescatasen, mi vida sería dura y de gran trabajo hasta terminar mis días sin saber cómo; o, de lo contrario, mi final será aquí, igual al tuyo.
Por su parte, la escoba que llevó una vida dura de trabajos pesados, obligada a soportar los mandatos de sus amos, le dijo a su compañera:
—Yo, por el contrario, no espero un príncipe azul que me rescate de estos escombros, donde muchas veces fui barredora. Quizás me tengan alguna consideración y prefieran dejarme terminar aquí; pero, de ser así, termino con la satisfacción de que hice lo que tenía que hacer. Nunca me negué en lo más mínimo a que esas manos que me guiaban me dieran molestia o insatisfacción. Aquí serán mis últimos días, los cuales culmino con la satisfacción de haber servido, y no me arrepiento de lo que me obligaron a hacer. Siempre fui conforme y nunca me lamenté por una situación incómoda; viví feliz tal como era. Siempre lo hice de la mejor manera y viví conforme con mi fabricante, con mi posición en el supermercado y con el comprador que me llevó a desarrollar y cumplir todas las obligaciones que una escoba debe acatar. Mi satisfacción fue la tranquilidad de saber que fui hecha escoba, trabajé como escoba y moriré aquí como escoba; nunca pretendí ser algo diferente.
La apariencia de la escoba humilde y deteriorada solo era su exterior; llegó a su final con una paz interna tras la cual no le asustaba lo que de ahí en adelante marcara su final material.
Moraleja de la historia:
Nunca te lamentes de tu estado. Vive conforme a como naciste, como te criaste y como te desarrollas, cumpliendo con los deberes y obligaciones de tu diario vivir.
No seas un simple adorno de ti mismo; mírate, valórate y vive con la plenitud de lo que sabes y puedes hacer. Para muchos serás de gran importancia, y para los pocos que no te valoran, eso representará un esfuerzo más para seguir adelante.
Vive por ti mismo, no te dejes comparar y guía tu vida por tu propio criterio, tus ideas y tus logros, no por los de los demás. Sé como la escoba que llegó a su final: conforme y satisfecha con el destino que tuvo, sin vivir de comparaciones, liviandades ni lamentaciones.
Anímate, sé tú mismo(a) sin lamentar el propósito para el cual fuiste creado(a).
