Tiempos de cafetal Hechos de la vida real

Escritor y recopilador histórico del cantón de La Unión Tel. 2279-5748 / 8345-1919 Correo electrónico: luisvalencia@ice.co.cr

Por Luis «Valencia» Aguilar Badilla

Con una memoria que guardo intacta, recuerdo que tenía unos cuatro añitos cuando ya recorría los trillos y callejones de los cafetales. Hablamos de los años 1955: andaba descalzo y con las patillas llenas de mancha de guineo, tal como se vivía en aquellos tiempos. Nací en medio de una finquita de unas seis manzanas sembrada de café y vástago para cosechar guineos y alimentar a las vacas. Había árboles de níspero, naranjas, guabas, cuajiniquiles, cas, jocotes, anonas, murtas, matazanos, manzanas de rosa e higos. En la parte del potrero recogíamos con grandes ansias los wísaros y las moras que se enredaban en la cerca de alambre; también crecía una mata que llamábamos lengua de vaca, con una frutilla muy sabrosa para comer.

Se gozaba de grandes enramadas de matas de chayotes y ayotes por la cerca de la propiedad y en los árboles cercanos a la casona vieja. Recuerdo que una parte del techo era de teja y la otra de un zinc algo herrumbrado por el tiempo, el cual daba paso a decenas de goteras en época de lluvia. En las noches de luna llena se notaban la cantidad de huecos en el zinc. Esa casona, donde nacimos casi todos los diez hermanos, era grande, de piso de tierra y sin cielorraso. En ella la lluvia armonizaba nuestras conversaciones y ayudaba a profundizar el sueño; ya en la cama solo se escuchaba caer el agua, eso sí, siempre y cuando no le cayera a uno una gotera en el campero. Bueno, no era una cama propiamente, sino un camón de madera con una estera que se acompañaba de unos sacos de gangoche doblados a los que llamábamos «sacos de abono», porque ahí venía el abono para el café de las fincas.

Un saco de esos, en aquellos tiempos, equivalía a la mejor y más fina cobija de hoy en día. Un saco metido y amarrado hasta la cintura y otro abierto a modo de cobija era la receta contra el frío de aquellas noches de pobreza; pero era lo que teníamos y no anhelábamos nada más.

La casa de bajareque y el traslado a la casona

Cabe mencionar que antes de llegar a esta casona de cafetal, la familia Malavassi le dio permiso a mi tata «Valencia» para que hiciera una casita más adentro, camino a la piedra del Encanto o, digamos, donde hoy en día está el cementerio. Mi tata la hizo de bajareque y los horcones eran palos vivos que aún echaban hijuelos dentro de la casa. Estaba techada con tejas y el agua se tomaba de una zanja que aún cruza por ahí como residuo de las aguas del bosque. Para esa fecha, papá y mamá ya contaban con tres hijos de entre 1, 2 y 3 años, ya que en casa éramos «la cosecha año a año». Dado que quedó desocupada la casona más afuera en la misma finca, se la dieron a mi tata, y ahí fue el desarrollo total de la familia Aguilar Badilla, los hijos de «Valencia», que sumamos diez en total.

La casona de la finca tenía una sala y tres cuartos con ventanas de madera que abrían hacia el cafetal. En cada esquina de las paredes, un palo pelado sin cáscara era lo más cómodo para colgar la ropilla y el uniforme de la escuela; en otra esquina, una repisa sostenía un plato de lata con una candela para alumbrar mientras nos acostábamos.

La tarea de la escuela por lo general la hacíamos en la sala, que tenía una ventana al lado por donde entraba muy buena luz. Había una mesa con cuatro sillas de madera —recuerdo que eran de color rosado— y a la par una tabla llena de santos y culitos de candela, cada uno con su tenue llamita. Mamá nos encomendaba un santo a cada hijo, pero la imagen principal era la Virgen de los Ángeles; de ahí que todos mis hermanos y yo, además del segundo nombre, lleváramos el «de los Ángeles». Por ejemplo, el mío: Luis Guillermo de los Ángeles, y así sucesivamente todos.

El corazón del hogar: La cocina

La cocina de la casona era el punto de reunión más importante. Al centro, un gran fogón humeaba casi día y noche con una cafetera de agua lista para hervir o para la agua dulce. Cuando no «se echaba el gato», había una arepita o una tortilla para hacer la última comidita antes de ir al camón. A un lado de la cocina había unos tucos de árbol con un tablón encima a modo de banca; ese era el mejor lugar para sentarse a esperar la ración con la que mamá hacía malabares para llenarles la panza a todos. En las paredes había clavos o ganchos de alambre de donde guindaban las cazuelas y ollas, todas tiznadas por el uso.

Sobre el fogón humeante colgaba un tabanco donde se ponía la leña para que se fuera secando con el humo. A un lado, colgando de una canasta de bejuco hecha por Chincho (el canastero de Carpintera), se guardaba algún sobrante de pan o tortillas para que el gato o las ratas no le llegaran. Claro, con tanto panzón hambriento en una familia tan numerosa, nunca sobraba nada; esa canasta vivía más vacía que la panza de uno mismo.

Tal vez asomando la medianoche, el brasero se perdía entre las cenizas; pero al removerlas, volvían a dar señal de fuego. Con unas charramascas o barañas puestas encima, se ponía en función, porque ya a eso de las tres de la madrugada mi mamá estaba en acción moliendo en el viejo tablón del moledero. La tarde anterior dejaba el maíz quebrado en la máquina manual que estaba afuera en la galera, porque ya de madrugada preparaba los almuerzos envueltos en hojas de vástago soasadas en las brasas para los hermanos mayores. Ellos salían tal vez antes de las 5:00 a. m. hacia los cafetales de Castro, Tinoco, Malavassi, Piza, Lindo y Zamora, fincas donde trabajaba la mayoría de los peones del campo carpintereño. En aquellos tiempos no existía otro medio de trabajo, y solo en esas fincas hacían sus malabares en oficios de todo tipo para llevar el sustento a sus familias. Muy pocos trabajaban en las lecherías y otros se dedicaban a sacar arena de los ríos.

La vida cotidiana y la casona

En el cuarto grande de la casona solo lucía la cama de matrimonio de papá y mamá en lo que llamábamos el cuarto principal, junto a un camón más para los dos o tres más pequeños, entre los cuales estaba yo. Dicho cuarto, como los demás, tenía una ventana que se abría hacia afuera, hacia el cafetal. Los otros dos cuartos tenían camones como los que describí antes.

Recuerdo que papá le puso cielorraso al cuarto de ellos con sacos de gangoche y los encaló; fue todo un acontecimiento. Sin embargo, al irse secando la cal y con el calor del sol, el material se desmoronaba y le caían a uno las astillas. Toda la casona tenía piso de tierra, y entre el final de las latas o la madera de la pared y el suelo había una cadena de piedras que tapaba la hendidura para que no se metieran los animales que abundaban en los cafetales.

Recuerdo que mi mamá, antes de barrer, rociaba todo el piso con agua porque si no se levantaba un polvazal de los diablos. Se usaban escobas de una planta que crecía al borde de la calle llamada escobilla; también se usaban ramas de ciprés o de gravilia amarradas a un palo. «Una casa bien barrida da señal de aseo», decía mi mamá.

El lavadero de ropa y trastes estaba por el lado este (el lado del cafetal), afuera de la casa, con una batea de madera para los trastes y otra para la ropa y para lavarse los pies. No tenía tuberías ni llaves como ahora: consistía en un tramo largo de cañas de bambú cortadas al centro que formaban una canoa, y el agua venía desde lejos, traída de una zanja que pasaba por media finca.

El baño era un cuarto de latas con un chorro abierto que salía del caño de cañas (sin ducha). Estaba también afuera, al lado sur de la casa, casi pegado a una galera de tejas donde se guardaba leña y cosas de la finca, como el abono y la cáscara para envolver el almácigo y para ordeñar una o dos vaquillas que teníamos para la leche del consumo de la casa.

Qué lindos momentos disfrutábamos jugando entre los montones de cáscaras secas de vástago en aquellas tardes de verano, mientras llegaba la hora de comer, rezar el rosario con mamá e irnos a la cama. Para ese entonces serían, a más tardar, las 6:00 p. m. Cuando ya todos estábamos en los camones, metidos en un saco y cobijados con otros, no había frío que sintiéramos.

Tardes de juego y devoción

Al costado este y parte del lado norte estaba el gran jardín de mamá con dalias, rosas, geranios, dieguitos, cambray y muchas flores más. Alrededor de la casona, mirando al cafetal, había un gran patio donde papá y mis hermanos mayores rajaban leña con el hacha; el resto del espacio nos servía para jugar con tierra. Mis hermanas y unas vecinas del frente (de la familia Garita Rodríguez) jugaban a la cocinita, mientras nosotros jugábamos chumicos, bolinchas y chócola. Al cerrar la tarde, a eso de las 5:00 p. m., después de comer, la despedida del día era jugar escondido. Las chiquillas jugaban a la cocinita con tierra, pitos de poró y hojas.

Eso era casi de todos los días, antes de rezar el rosario en familia, tomar la agua dulce (si había) e irnos al camón. Mamá rezaba y tenía un chilillo listo para premiar con un duro chilillazo al que no rezara o se pusiera a jugar durante la oración. Esto también era de todos los días: una devoción que no podía faltar ante la repisa de la pared llena de santos y un cabito de candela encendido. Concluido el rosario y la agua dulcita con algo (si había), todos a la cama hasta que nos despertara en la madrugada el canto del gallo, el camión de Samuel Jiménez dejando el pan en la entrada del trillo, o bien mi mamá palmeando el cerro de tortillas para los almuerzos y para llenar las panzas de todos los más grandes que salían rumbo al cafetal.

A los más pequeños, entre los que me contaba yo con unos 6 o 7 años, casi listos para entrar a la escuela, también nos mandaban a sacar la estera al suelo para asolearla, juntamente con los gangoches de cobija, para matarle las pulgas al sol. Porque de las pulgas en la cama de un pobre, ¡ni hablemos!, ya que en la casa había más perros y gatos que gente (algo típico en las familias humildes).

Al amanecer comenzaba lo cotidiano: las ocupaciones de mamá y de mi hermana mayor. Al llegar la tarde, iban apareciendo uno a uno los trabajadores, incluido mi tata «Valencia», de sus labores en la finca. La rutina diaria era tomar cafecito con arepa, rajar leña, afilar los cuchillos y palas para el día siguiente y guardar unas horas de la tarde para jugar trompo, bate o bolinchas, como le dicen ahora, mientras llegaba la comidita para luego repetir el ciclo: jugar escondido, rezar el rosario, tomarse la agua dulcita nocturna y de nuevo al camón con los gangoches calientitos por el sol del día y, de momento, sin pulgas.

¡Cómo se pasaba de mal cuando en invierno se sacaban los gangoches a asolear y a mamá o a algún hermano se le olvidaba meterlos! «¡Adiós, mis flores!», como decíamos: a dormir descobijados, a tabla y estera pelada en el camón.

La época de la escuela

A los que íbamos a la escuela nos levantaban a las 5:00 a. m. Había que lavarse bien las «patas», como decíamos en el campo, pasándose una teja para quitar las manchas de guineo, y ponerse el único uniforme de color caqui que teníamos cada hermano: un pantaloncillo corto y una camisa con el escudo en el hombro izquierdo de la Escuela Juan de Dios Céspedes.

En un bolsillo de manta con tira, confeccionado por mamá con las mangas de un pantalón viejo de papá, llevábamos un lápiz y los tres únicos cuadernos: el de borrador, el de tareas y el de vida. El silabario era para todos y lo andaba el mayor, que para esa época estaba tal vez en cuarto grado. Nada de juegos de geometría, borradores o gomas. El hermano mayor, que estaba en quinto o sexto, usaba tintero con manguillo (la forma de escribir de antes), porque los lapiceros ni aparecían: solo lápiz, manguillo y tintero. Hago mucha mención de mamá porque mi tata «Valencia» no se metía con las cosas de nuestra escuela; él apenas medio sabía leer y le dejaba esa tarea a ella.

¡Qué buena torta y castigo se ganaba uno cuando se le derramaba o quebraba el tintero dentro del bulto! (el bolso de manta con un mecate para cerrarlo y guindárselo al hombro) y se le manchaban los cuadernillos. Ni pensar en la chilillada que nos daban, porque mamá decía que eso pasaba por venir jugando de camino… ¡y claro que estaba en lo cierto! Cada vez que recuerdo las chililladas de mi mamá, aún me duelen. Ella nos daba duro y era zurda; dicen que los zurdos pegan más fuerte que los derechos, y creo que sí, porque mamá nos daba por todo, por nada y por si acaso. Esa fue la forma en que fuimos educados. Papá raras veces nos pegaba, pero mi mamá nos daba lo que él no nos daba.

De papá solo recuerdo que nos pegaba o regañaba duro cuando le tomábamos los mecates para jugar al toro cafetal adentro, corriendo detrás de mis hermanillas o de otros que se apuntaban. Mi tata mantenía sus mecates bien arrollados y les pasaba sebo en la gaza para que resbalara bien cuando lazaba una vaca o a la yegua que tenía. ¡Qué recuerdos de esa condenada yegua! Era como la buseta del barrio: todos la montaban y era más mansa que chiquillo cuando hace una torta. Pero tocarle a mi tata uno de esos mecates era comprarse una bronca; con el mismo mecate que nos quitaba, nos daba una «mecateada madre» diciéndonos: «¡Mis mecates no son para jugar!». Y a enjugar el llanto con mamá y secarse las lágrimas con el delantal de peto y vuelos que ella siempre llevaba puesto y que solo se quitaba para dormir.

Mudanza y nuevos tiempos

Así fue la vida de hogar en familia: tiempos de cafetal. Ya entrados los años 1957, tuvimos que dejar la finca por razones propias de los dueños, los Malavassi, dejando atrás mi bella Carpintera. Don Carlón Malavassi nos vendió un lotecito en cuatrocientos cincuenta colones, sin prima y a pagar veinticinco colones por mes. El señor Mey Vargas nos regaló como 500 tejas y, con unos pequeños ahorros que tenía mamá, compró madera ordinaria y levantamos la casita en dicho lote. Ya era una casita propia, pero ahí todo cambió.

Luego, en la parte de atrás del lote, se construyó otra casita más pequeña para mi hermana mayor, quien también vivía en la casona de la finca donde nos criamos junto a su esposo y dos hijos. Esta propiedad se ubicaba en lo que hoy es el barrio San Miguel, en San Rafael. Era una venta de lotes que tenía ahí don Carlón y su hijo Manuelito Malavassi quienes, por cosas de la vida, fueron los padrinos de bodas de mamá y papá; de ahí la consideración de vendernos un lote tan barato y con pagos mensuales tan cómodos.

Y para cerrar con las bondades de don Carlón Malavassi: cuando a mamá le faltaban como cuatro abonos para terminar de pagarlo, le dijo que ya no le pagara más, que le iba a decir a su hijo Manuelito que le confeccionara la escritura del terreno. ¡Bueno, casi se nos cae de espaldas mi mamá! Y mi tata, creo yo, se pegó una juma de los demonios de la pura alegría por lo sucedido.

De ahí en adelante muchas cosas cambiaron en la vida de todos, tanto para papá y mamá como para mis hermanos. Al salir de la casona donde nacimos e irnos a otro barrio y a trabajar a otras fincas, todo fue diferente. Mis hermanos mayores buscaron trabajo en San José en la construcción; papá, por un problema de salud, quedó incapacitado para trabajar; mis hermanas y yo pasamos a ser alumnos de la linda y recordada escuelita Carolina Bellelli de Malavassi.

La familia creció en este segundo y bello lugar que al principio se llamó Cerro Azul (por la pulpería y cantina de la Macha) y que hasta hace pocas décadas pasó a llamarse Barrio San Miguel. El terreno de la escuela lo regaló don Carlón Malavassi, quien era muy devoto de San Miguel Arcángel, de ahí el nombre del barrio; la escuela llevó el nombre de Carolina en honor a su madre.

Como alumno de la Escuela Juan de Dios Céspedes, al cambiar de barrio me pasaron a la Carolina, donde también mis hermanas menores cursaron su primaria. Al principio yo viajaba desde Cerro Azul hasta el centro de Tres Ríos a la Escuela Juan de Dios Céspedes, hasta que para cuarto y quinto grado me pasé a la Carolina. Sin embargo, como ahí no daban sexto grado en esa época, tuve que volver al centro a terminar mi último año de primaria.

Ya instalados en familia y con mis hermanos mayores trabajando en San José, muchas cosas del cafetal dejaron de ser iguales; pero como llevábamos las fincas en las venas, no era fácil dejar ese estilo de vida de un día para otro, como sí lo fue mudarse de casa. Por suerte, para esa época los alrededores de la vivienda aún estaban muy rodeados de propiedades rurales: La Magnolia de los Castro, la finca de Miguel Zamora al frente de nuestra casa, la finca de don Carlón, cruzando la calle la finca de los Piza y más arriba la de los Lindo. Es decir, siempre gozábamos de mucho terreno para nuestras diversiones, como las pozas del río, que eran la mayor atracción de casi todos los días y en especial los domingos; las idas a «zorrear», de cacería, y las escapadas en busca de tantas frutas que ofrecían los cafetales de aquellos tiempos.

El paso del tiempo y el recuerdo

De manera que los tiempos de cafetal continuaron durante mucho tiempo, incluso siendo ya adultos y estando algo desligados del trabajo de las fincas; para nosotros la diversión siempre estuvo en los cafetales y los ríos. Si no había poza, la construíamos; hacíamos «huacas» de guineos para que se maduraran, huacas de anonas, y teníamos marcados los lugares de los árboles de manzana rosa, nísperos y guabas. En fin, disfrutábamos de todo lo que proveían las fincas en aquellos dorados tiempos de nuestra niñez.

Pero la densidad de población, la vida de ciudad y el crecimiento de aquellos chiquillos que éramos le fueron ganando terreno al campo, y la vida dio el giro que tenía que dar. Ya todos grandes y mezclados en un barrio de más de 45 casitas, atrás quedaba la finca donde la única casa era la nuestra, junto a unas tres más a la redonda en las fincas vecinas: las familias de Juan Garita y Carmen Rodríguez, Chano Salas y Elena, Toño Otárola y Virgita Coto, y más adentro Raúl Conejo y su esposa Lila.

Ese fue nuestro barrio en Carpintera adentro, más o menos entre los años 1932 y 1957, cuando dejamos el cafetal que nos vio nacer. Hoy en día ese sitio está convertido en la Urbanización Betel. Ahí, a unos 25 metros de la entrada, en la antigua casona de cafetal, quedaron más de cinco ombligos enterrados debajo del fogón de la cocina, como era la costumbre, ya que todos nacimos en la casa, hasta los hijos de mi hermana mayor.

La partera de aquellos tiempos era Nina Soto quien, con una sabiduría dotada por Dios, no perdía un solo parto. Se usaba la costumbre de envolver el ombligo y enterrarlo bien hondo debajo del fogón para que no lo sacaran los gatos. La abuela Nina, como le decíamos por cariño, fue la suegra de mi hermana mayor (casada con Cuyo). ¡Qué tiempos aquellos en que más de la mitad de los habitantes nacíamos en la casa, muchos con ayuda de parteras y otros sin ella!

Hoy en día, a mis 75 años, vivo feliz de la infancia que tuvimos, donde no teníamos nada pero nada nos hizo falta. Recordar es vivir, y sé que mi historia la vivieron muchos contemporáneos de mi edad en mi bella Carpintera.

Tiempos de cafetal.

Luis «Valencia»

Agosto de 2026

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