
En el silencio estudiado de una evaluación, entre cientos de imágenes que compiten por capturar lo efímero, los jueces de la Sociedad Americana de Orquídeas buscaban no solo una flor, sino un alma. Entre ese mosaico de pétalos y colores, una fotografía detuvo el tiempo. Era la Stanhopea Betty Castillo «Luis Daniel», una criatura vegetal de exuberancia casi barroca, con su labio complejo y su aroma ausente en la imagen, pero implícito. La imagen, premiada ya en 2024, tenía un nombre detrás del lente: Jorge Enrique Céspedes Trigueros. Y ahora, ese instante congelado recibiría otro galardón: el Premio Frank Sr. y Elizabeth Jasen 2024, uno de los 26 máximos honores del continente.

La noticia llegó como un relámpago en un día cualquiera. “Cuando me llamaron… me quedé paralizado completamente”, confiesa Enrique, la voz aún impregnada de ese asombro que no se disipa. “Describir ahí lo que dice: 26 fotos a nivel de América, y dentro de esos 26 iba mi foto”. Su memoria retrocede a la exposición en Cartago, al momento en que sus ojos se posaron en esa misma orquídea. “Yo dije: esa flor va a ganar un gran premio. Y es que la foto no enseña la grandeza… es una belleza de flor”.
El premio Jasen no es solo un reconocimiento. Es un legado. Se estableció en 2012 por una familia para honrar a Frank Sr., un cultivador apasionado de toda la vida, y a su esposa Elizabeth, la compañera que toleró y ayudó a cultivar esa afición devoradora. Es, en esencia, un homenaje a la obsesión compartida, a la paciencia y al ojo que se atreve con lo único e inusual. Y este año, ese hilo que une a los amantes de las orquídeas a través del tiempo se anuda alrededor de un cultivador costarricense, Luis D. Blanco, y de la fotografía que Enrique Céspedes logró de su ejemplar.

“Los jueces te juzgan a uno estrictamente, y uno se deja moldear para que las fotos sean perfectas”, explica Enrique, revelando el arte detrás de la técnica: la búsqueda de la pose, la textura, el tamaño, el color. Una educación rigurosa que culmina en un click que sintetiza años de observación. “Nunca imaginé que fuera tan altísima la mención. Se siente un orgullo… porque no ha sido en vano el trabajo de uno”.
Pero en la cúspide de este logro continental, el corazón del fotógrafo se dirige a un lugar íntimo y doliente. “Deseo elevar esta foto y dedicársela a nuestra pequeña ‘Jazmín’, que nos cuida desde el cielo”. Esa princesa ausente, junto a sus hijos Pamela y Cristian, son el verdadero sustrato de esta historia. El premio, entonces, trasciende el ego elevado “para bien”; se convierte en una ofrenda, en un puente entre un esfuerzo terrenal y un recuerdo celestial.

La fotografía premiada será formalmente reconocida en la Asamblea Pública de la Conferencia de Primavera de la AOS en Florida, en abril de 2026, y luego brillará en las páginas de la revista Orchids. Sin embargo, su esencia ya está completa: es la flor de un cultivador paciente, capturada por el ojo de un fotógrafo disciplinado, nombrada con un premio que homenajea el amor, y dedicada a una niña que se fue. Un instante eterno, donde la botánica, el arte y la vida se encuentran en un solo click.
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