
Por: Gerardo Vindas
Durante décadas, Costa Rica fue un referente regional. No un país perfecto, pero sí admirable. Construyó una educación pública sólida, un sistema de salud fuerte, una institucionalidad respetada, paz social y una democracia que se defendía casi por inercia, porque estaba viva en la cultura nacional. Nada de eso ocurrió por casualidad. Fue el resultado de decisiones responsables, acuerdos políticos y una visión de largo plazo que entendía al Estado como un instrumento al servicio del bien común.
Hoy, sin embargo, pareciera que a muchos todo eso dejó de importarles. Durante años, esta realidad se mantuvo cuidadosamente camuflada, hasta que la irrupción de las redes sociales terminó por desnudar lo que muchos intuían: el país fue secuestrado por grupos de poder que, durante décadas, vivieron de la yugular del pueblo, protegiendo privilegios, repartiéndose cuotas de poder y utilizando las instituciones para su propio beneficio.
Cuando alguien se atreve a señalar estas verdades, la reacción es predecible e inmediata. Aparecen las etiquetas: dictadura, autoritarismo, arrogancia, intolerancia. Se ataca al mensajero para no discutir el mensaje. Es una estrategia antigua, pero eficaz, para preservar un sistema que se resiste a cambiar y que teme perder los privilegios acumulados.
La pregunta de fondo es inevitable: ¿cómo puede gobernarse un país cuando el Poder Ejecutivo enfrenta una Asamblea Legislativa que bloquea de forma sistemática cualquier intento de reforma y un sistema de justicia que, en muchos casos, parece más preocupado por proteger estructuras internas que por servir al interés ciudadano?
Costa Rica no perdió su rumbo de un día para otro. Lo fue cediendo lentamente, entre silencios cómplices, conformismo social y privilegios convertidos en intocables. Recuperarlo exige mucho más que discursos bien intencionados. Requiere valentía política, instituciones que respondan verdaderamente al pueblo y una ciudadanía activa, crítica y dispuesta a defender —con hechos y no solo con palabras— la democracia que durante tanto tiempo nos distinguió.