
Por : Gerardo Vindas
El narcotráfico dejó de ser un problema ajeno para convertirse en una amenaza instalada en nuestras propias comunidades. No está escondido: camina por nuestros barrios, recluta en nuestras calles y seduce en nuestras escuelas. Y mientras discutimos, nuestros jóvenes están siendo captados. El mundo enfrenta esta crisis, y Costa Rica ya no puede seguir fingiendo que es solo un país de tránsito.
A nuestra niñez y adolescencia no las encadenan con hierro, las encadenan con billetes. El “dinero fácil” es el anzuelo perfecto para quienes crecen en medio de carencias, falta de oportunidades y abandono social. Pero ese dinero no libera, esclaviza. Los convierte en piezas desechables de un engranaje criminal donde la vida vale menos que un cargamento.
Y cuando algo sale mal, la factura se cobra con sangre. No solo muere quien aceptó el trato; mueren inocentes. Familias enteras quedan marcadas por decisiones impulsadas por la necesidad o la presión. El crimen organizado no tiene códigos morales, no respeta edad, ni vínculos, ni inocencia.

Durante años se han aprobado leyes con la intención legítima de proteger a la niñez. Eso es incuestionable. Pero también es urgente reconocer que, cuando el Estado protege sin exigir responsabilidad, cuando se limita la autoridad sin fortalecer la formación, cuando el miedo a sancionar supera el deber de corregir, se abren grietas que el narcotráfico aprovecha sin piedad.
No podemos seguir escondiéndonos detrás de discursos políticamente correctos. Estamos perdiendo el control de nuestros territorios sociales. Estamos permitiendo que el crimen organizado compita con el Estado en ofrecer “oportunidades”. Y lo más grave: estamos normalizando que un adolescente vea más futuro en una esquina que en un aula.
La indiferencia ya no es ignorancia; es complicidad.
El silencio ya no es prudencia; es cobardía.
Costa Rica debe decidir si va a defender con firmeza a su juventud o si seguirá reaccionando cuando ya sea demasiado tarde. La lucha no es solo policial, es cultural, familiar y estructural. Pero requiere valentía política y social.
Porque si no enfrentamos esta realidad con determinación, no será el narcotráfico el que nos arrebate el futuro… seremos nosotros mismos.