¿Hasta cuándo el poder se aferra a sí mismo? Por: Gerardo Vindas

Hay trayectorias que merecen respeto. Ingresar al Poder Judicial desde abajo, escalar posiciones con esfuerzo y sostener una carrera de décadas es, sin duda, digno de reconocimiento. Pero el respeto a una trayectoria no puede convertirse en excusa para la perpetuación en el poder.

A sus 83 años, con casi medio siglo dentro del sistema judicial, Orlando Aguirre representa algo más que experiencia: simboliza también un problema estructural que Costa Rica se resiste a enfrentar. ¿Cuándo es suficiente? ¿En qué momento el servicio público deja de ser vocación y se convierte en apego al cargo?
El país discute, con razón, los riesgos de concentración de poder en el Ejecutivo. Se habla de “dictadura”, de excesos, de amenazas institucionales. Pero la coherencia exige mirar hacia todos los poderes del Estado con la misma lupa. Porque aferrarse a un puesto clave, ignorando el inevitable relevo generacional, también es una forma de distorsionar la democracia.

No se trata de edadismo ni de descalificar la capacidad intelectual de una persona. Se trata de renovación, de oxigenación institucional, de abrir espacios a nuevas visiones jurídicas y sociales en un país que cambia a un ritmo que las estructuras tradicionales no logran seguir.
Cuando desde el Poder Ejecutivo se piden renuncias, el debate se polariza. Pero más allá de quién lo diga, la pregunta de fondo sigue vigente: ¿debe una sola figura concentrar tanto tiempo y poder dentro del sistema judicial? ¿Es sano para la democracia?

Costa Rica necesita instituciones fuertes, pero también dinámicas. El Poder Judicial no puede convertirse en un espacio donde el tiempo se detiene y las decisiones se perpetúan en las mismas manos. La legitimidad no solo se construye con experiencia, sino también con la capacidad de dar paso a nuevas generaciones.

Aferrarse al poder nunca ha sido un acto noble, aunque se vista de prudencia o de “evaluación del momento oportuno”. A veces, el mayor acto de grandeza es saber cuándo retirarse.
Porque si criticamos los excesos en otros, pero los justificamos en casa, entonces el problema no es el poder… somos nosotros.

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