Entre el SIPP, el PE-1-2026 y la certificación del Concejo, los números bailan al ritmo de una cumbia municipal. La pregunta es: ¿quién lleva el compás?
Observador desde Los Pinos
Si algo nos ha enseñado la Municipalidad de La Unión en los últimos días es que las matemáticas son, en el fondo, una cuestión de interpretación. Como el arte abstracto. Como la poesía. Como ese amigo que dice que llegaba a las 7 pero aparece a las 9 con una historia increíble de tráfico, un perro perdido y un alienígena.
Resulta que el honorable Concejo Municipal, en su infinita sabiduría, aprobó un presupuesto extraordinario por la módica suma de ¢2.513,9 millones. Y la Contraloría, con esa manía tan anticuada de querer que las cosas cuadren, tuvo la osadía de improbarlo. ¿Qué esperaban? ¿Que los números coincidieran? ¿Que las justificaciones tuvieran base legal? ¿Que el SIPP, el documento presentado y la certificación del Concejo contaran la misma historia? Por favor, eso es pedir demasiado.
El arte de la desaparición
Veamos las cifras, porque es un ejercicio fascinante que recomiendo hacer con una taza de café y mucha paciencia.
En el SIPP, los «Otros impuestos a los bienes y servicios» aparecen en cero. Pero en el documento del presupuesto extraordinario —el que enviaron a la Contraloría con toda la seriedad del mundo— figuran en ¢244.888.212,93. Y en la certificación del Concejo, por supuesto, vuelven a cero. Es como un juego de las tres tazas, pero con dinero público. ¿Dónde quedó la bolita? No lo sabemos. Probablemente en alguna partida de «Otros ingresos varios no especificados», que también juega al escondite.
Porque esa partida, «Otros ingresos varios no especificados», aparece en el documento presentado con ¢244.888.212,93, pero en el SIPP y en la certificación del Concejo está en cero. Es decir, el dinero existe cuando conviene y desaparece cuando no. Magia. Pura magia municipal.
Y qué decir de las «Transferencias corrientes de Órganos Desconcentrados»: cero en el SIPP, cero en el documento presentado, pero ¡oh, sorpresa! ¢3.592.712 en la certificación del Concejo. Así, sin explicación. Como quien encuentra un billete en un pantalón viejo.
La partida fantasma
Pero lo mejor está en los gastos. La partida de «Intereses y comisiones» aparece con ¢23.295.500,93 en el documento presentado. Tiene justificaciones, según nos cuentan. Documentos. Papeles. Argumentos. Pero la certificación del Concejo la deja en cero. Cero. Nada. ¿Entonces de qué sirven las justificaciones si ni siquiera están en el presupuesto aprobado? Es como escribir una tesis doctoral sobre un viaje que nunca hiciste.
Y las «Transferencias corrientes»: ¢12,5 millones en el SIPP, ¢16,1 millones en el documento presentado, cero en la certificación del Concejo. ¿A quién iban dirigidos esos ¢16,1 millones? No lo sabemos. ¿Quién los autorizó? Tampoco. ¿Existen realmente? Esa es la pregunta del millón. O mejor dicho, de los 16 millones.
El PANI también juega
Para darle más sabor a este cóctel financiero, la Municipalidad incluyó en sus justificaciones una misteriosa «transferencia al PANI» que no aparece en ningún lado. Ni en el SIPP, ni en el documento, ni en la certificación. Es como esa tía que todos mencionan en las reuniones familiares pero que nadie ha visto nunca. ¿Existe el PANI? Sí. ¿Existe la transferencia? Quién sabe. La Contraloría tampoco pudo averiguarlo. Y ustedes saben que cuando la Contraloría no puede averiguar algo, es porque el misterio es realmente profundo.
El silencio también habla
La Contraloría, con esa terquedad tan suya, envió un oficio pidiendo aclaraciones. ¿Y qué pasó? Silencio. No total, pero casi. Respondieron algunas cosas, pero no todas. Porque, ya saben, contestar todas las preguntas sería como revelar el truco del mago. Y el truco es lo único que mantiene vivo el espectáculo.
El oficio N.º 08923 del 14 de julio quedó ahí, como un eco en el vacío. La Contraloría preguntó: ¿Dónde están los ingresos? ¿Dónde están los gastos? ¿Por qué no cuadran? Y la Municipalidad respondió con la elegancia de quien no tiene respuesta: con más preguntas sin responder.
Principios, ¿para qué?
La Contraloría, en su afán por complicar las cosas, citó principios presupuestarios. Universalidad. Integridad. Especialidad. Claridad. Palabras bonitas. Palabras que suenan bien en los libros de texto. Pero, ¿quién necesita principios cuando se tiene voluntad política? ¿Quién necesita claridad cuando se puede tener creatividad?
La Ley de la Administración Financiera (N.º 8131) dice que los presupuestos deben ser completos, específicos y claros. Pero eso es solo una sugerencia, ¿no? Como las señales de tránsito. O los manuales de convivencia. Cosas que están ahí, pero que uno puede ignorar si tiene prisa.
El Código Municipal, por su parte, también tiene algo que decir al respecto. Pero, de nuevo, ¿quién lee el Código Municipal cuando hay presupuestos que aprobar y recursos que gastar? La burocracia es un obstáculo para la gestión. O eso parece pensar la Municipalidad de La Unión.
Lo que viene
La Contraloría imprueba. La Municipalidad tendrá que revisar. Corregir. Justificar. Responder. Es decir, hacer todo lo que debió hacer desde el principio. Un ciclo que se repite. Una danza que conocemos bien. El presupuesto extraordinario volverá, con nuevas cifras, nuevas justificaciones y, probablemente, nuevos errores. Así funciona el sistema. Así ha funcionado siempre.
Mientras tanto, los ¢2.513,9 millones siguen ahí, flotando en el limbo presupuestario. Ni gastados ni ahorrados. Ni aprobados ni rechazados del todo. En un estado de suspensión financiera que solo la burocracia local sabe crear.
Reflexión final
Quizás lo más triste de todo esto no son las cifras que no cuadran, ni las justificaciones que no justifican, ni los principios que se ignoran. Quizás lo más triste es que nadie se sorprende. Nadie se escandaliza. Nadie pide cabezas. Es como si ya nos hubiéramos acostumbrado a que los presupuestos municipales sean una obra de teatro donde los números son actores y la realidad un guion que cambia según la conveniencia.
La Municipalidad de La Unión tendrá otra oportunidad. La Contraloría seguirá fiscalizando. Los ciudadanos seguirán pagando impuestos. Y el ciclo continuará. Porque en Costa Rica, la improbación de un presupuesto no es una tragedia. Es, simplemente, un jueves cualquiera.
El autor es un observador desde Los Pinos, testigo de la comedia que llamamos administración pública.
