Cerrojo, galleta y sol: el rito prehispánico-digital del pago municipal que ya es tradición cantonal

Por: El Observador, escribiendo entre las bugambilias y el eterno sopor de Los Pinos UNA NUEVA ODA al #Cantón desarrollo.

No se alarme, contribuyente. Lo que usted está experimentando no es un mero fallo técnico. Es mucho más que eso: es una tradición cantonal con décadas de solera, un puente ritual entre el cantón analógico de las interminables filas bajo la inclemencia celestial y el cantón digital de las cookies obstinadas.

Recientemente, cierta plataforma de pagos —cuyo nombre es tan efímero como la paciencia de sus usuarios— ha reavivado esta venerable costumbre. Pero no se equivoque: esto no empezó ayer. Llevamos años, quizá lustros, perfeccionando el arte del trámite como penitencia. 

Lo que antes eran largas columnas de ciudadanos serpentando a las puertas de una oficina, recibiendo su dosis anual de sol veraniego que derrite el ánimo o de lluvia invernal que cala hasta los huesos, se ha transmutado elegantemente. Ahora es un buffet de inconveniencia: puede usted sufrir desde la comodidad de su casa.

Archivo la anterior fotografía corresponde a otra época del año… ¡Sonría!

El manual de instrucciones para el pago virtual, ese papiro digital que circula como un meme de desesperación, es solo el último capítulo de esta épica. Primero, el «Gran Escape» (encontrar el botón «Salir»). Luego, la peregrinación mística por los menús del teléfono hasta el «Altar del Borrado de Cookies». Es el mismo viacrucis, pero con mejor conexión a internet. Antes, el agente público era un funcionario tras un vidrio; hoy, es un pop-up que dice «Error 500».

Lo verdaderamente genial del asunto es la hibridación perfecta de las miserias: el contribuyente del siglo XXI tiene el privilegio de padecer ambas versiones. Primero, intente pagar en línea y enfréntese al laberinto digital. Cuando falle (porque sabemos que, en algún momento, lo hará), su plan B será tomar su sombrilla o su sombrero, y sumarse a la fila física, esa donde se comparten miradas de complicidad y se reciben, como un derecho adquirido, las altas dosis de vitamina D del verano o la hidroterapia gratuita del invierno. 

Es el ciclo sin fin. La naturaleza encuentra su camino, y el sistema fiscal encuentra su forma de hacerte sudar o tiritar.

Desde esta redacción en Los Pinos, mientras contemplamos un jardín siempre regado a tiempo y un servicio de TI impecable, nos maravillamos de la resiliencia popular. El ciudadano es un animal de fila y de página web recargada. Su paciencia es un monumento más grande que cualquier pirámide. Si antes la queja era el «¿Por qué no hay ventanillas?», hoy es el «¿Por qué no cargan las cookies?». El progreso, al parecer, consiste en cambiar de tipo de queja.

Así que la próxima vez que su pantalla se congele o sienta la primera gota de lluvia en la nuca mientras espera su turno, recuerde: no es un fallo del sistema. Es folclor. Es la herencia burocrática de un cantón que cree firmemente que nada que valga la pena —y menos pagar impuestos— debe ser fácil. Es la certeza de que, llueva o truene, el sistema siempre encontrará la manera de que usted, querido contribuyente, reciba su dosis de carácter.

El futuro llegó hace rato, pero decidió ponerse en fila. Y mientras tanto, tenga a la mano: para el ritual digital, las instrucciones de borrado de cookies; y para el ritual ancestral, un buen impermeable para la lluvia y bloqueador para el sol. La tradición, al fin y al cabo, lo exige. Recuerde siempre que estamos en el cacarerado #CANTÓN-desarrollo…

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