
Por: Crisanto Obadía
Aspirante a ayudante de filósofo
Vivimos en una época que ha canonizado la subjetividad. «Mi verdad» y «tu verdad» se han convertido en moneda corriente del debate público, en refugio de conversaciones íntimas y, paradójicamente, en el fusil con el que acribillamos cualquier posibilidad de acuerdo. La frase que da origen a esta reflexión —»mi verdad, tu verdad y la verdad»— condensa con engañosa sencillez el drama epistemológico y ético de nuestro tiempo: ¿cómo es posible que dos percepciones opuestas coexistan sin anularse, y qué lugar ocupa esa tercera instancia que llamamos, con temeraria osadía, «la verdad»?
Me atrevo a sugerir que este conflicto no es nuevo para la tradición filosófica, sino que encarna una tensión tan antigua como el pensamiento mismo: la pugna entre el pathos —la experiencia vivida, cargada de emoción, historia y deseo— y el logos —esa aspiración a la razón compartida, al discurso que trasciende lo meramente individual para fundar un terreno común. Lejos de presentarse como un problema insoluble, esta tensión puede ser comprendida como el espacio mismo donde la verdad se revela, no como posesión, sino como horizonte.
La Tirania de la Subjetividad Bien Intencionada
La expresión «mi verdad» es, filosóficamente hablando, un oxímoron. La verdad, desde Parménides hasta Kant, se ha definido precisamente por su pretensión de universalidad: es verdad aquello que vale para todo sujeto cognoscente. Cuando un hablante reclama «su» verdad, en realidad está confundiendo dos categorías distintas: la experiencia (que es siempre personal, intransferible y legítima) y la verdad (que aspira a la intersubjetividad).
No pretendo con esto deslegitimar el dolor, la historia o la perspectiva de nadie. Sería un gesto tan arrogante como estúpido. Lo que señalo es un error de categoría: confundir «esto es lo que he vivido y siento» con «esto es lo que ha ocurrido realmente, independientemente de cómo lo sienta». El primero es un testimonio valioso; el segundo, una pretensión de objetividad que, cuando se reclama desde lo meramente subjetivo, se vuelve autorreferencial y, por tanto, incomunicable.
En cualquier conflicto —sea de pareja, político o social— observamos este fenómeno con claridad. Cada parte se aferra a su relato no como una perspectiva entre muchas, sino como la perspectiva. Las emociones, que debieran ser datos a considerar, se convierten en argumentos infalibles. Y así, el pathos coloniza el espacio que debería pertenecer al logos, generando un callejón sin salida donde la única verdad posible es la que duele más o la que se grita con mayor convicción.
El Logos como Esfuerzo, no como Dogma
La filosofía occidental ha sido, en gran medida, un intento de construir un puente entre el pathos y el logos. Platón nos narró el mito de la caverna para advertirnos que lo que tomamos por realidad no es más que sombras proyectadas por nuestras limitaciones. Pero también nos legó un método: la dialéctica, ese arte de confrontar opiniones para, a través del choque, vislumbrar algo más sólido que una mera impresión.
En este sentido, «la verdad» no es un dato que alguien posee y otros ignoran. Es, más bien, aquello hacia lo que nos orientamos cuando aceptamos someter nuestras percepciones al examen de la razón y, sobre todo, a la confrontación con la percepción del otro. La verdad objetiva no es enemiga de la subjetividad; es aquello que emerge cuando dos subjetividades aceptan que su conflicto no se resuelve con la imposición de una sobre la otra, sino con la búsqueda de un marco común que las contenga a ambas.
Aquí reside la diferencia fundamental entre la terquedad y la sabiduría práctica. El terco dice: «mi verdad es la única». El sabio, en cambio, reconoce que su percepción está sesgada por sus emociones, sus intereses y su historia, y por eso mismo necesita del otro para aproximarse a lo real. La verdad, entonces, no es algo que se tenga, sino algo que se busca; y la búsqueda solo es posible cuando se renuncia a la posesión exclusiva de la misma.
La verdad como horizonte
Introduzco aquí un concepto fundamental: el horizonte. En filosofía, el horizonte no es un punto de llegada, sino el límite de nuestra visión que, sin embargo, nos permite orientarnos. Nunca alcanzamos el horizonte, pero sin él no sabemos hacia dónde caminar.
Del mismo modo, «la verdad» entendida como horizonte nos ofrece un criterio para distinguir entre un mero choque de opiniones y un auténtico diálogo filosófico. En el choque de opiniones, cada parte busca imponer su pathos; en el diálogo filosófico, ambas se someten voluntariamente a la disciplina del logos —no como una verdad externa que las doblega, sino como el procedimiento que permite que la realidad compartida se manifieste.
Pensemos en un conflicto cotidiano: dos personas recuerdan de manera distinta una conversación importante. La emoción de cada una colorea los detalles, magnifica unas palabras y minimiza otras. La «verdad objetiva» de lo que se dijo existe, pero quizás sea inaccesible en su totalidad. Sin embargo, el reconocimiento de que existe una versión de los hechos independiente de ambos recuerdos es lo que permite que puedan sentarse a contrastar, a ceder, a construir una narrativa común. Si ambos se encierran en «mi verdad» y «tu verdad», el diálogo es imposible; si ambos aceptan que existe «la verdad» hacia la cual deben aproximarse, el conflicto se convierte en una investigación compartida.
El papel del aspirante a filósofo
¿Qué lugar ocupa quien se forma en filosofía ante este panorama? Si algo me ha enseñado mi aún breve pero intenso recorrido por esta disciplina, es que el filósofo no es quien posee la verdad, sino quien se atreve a sostener la tensión entre el pathos y el logos sin resolverse en una salida fácil.
En una época que celebra la fragmentación y desconfía de todo lo que huela a universalidad, el aspirante a filósofo tiene la responsabilidad de recordar que la verdad no es una imposición tiránica, sino la condición de posibilidad del entendimiento mutuo. No se trata de negar la legítima diversidad de perspectivas, sino de preguntarse, como hacían los antiguos: ¿qué condiciones debe cumplir un discurso para pretender ser verdadero más allá de quien lo enuncia?
Esta pregunta nos obliga a salir de nosotros mismos, a escuchar al otro no para refutarlo, sino para comprender qué aspecto de la realidad se me escapa y que solo su mirada puede revelarme. Es, en el fondo, un ejercicio de humildad intelectual y, al mismo tiempo, de audacia: la audacia de creer que, más allá de nuestras emociones y nuestros relatos, existe un mundo común que merece ser comprendido con la mayor precisión posible.
La filosofía como puente
Regreso a la tríada inicial: mi verdad, tu verdad y la verdad. Si algo he intentado mostrar es que estas tres instancias no son equivalentes. Las dos primeras son experiencias subjetivas, valiosas en tanto expresan la profundidad de lo vivido, pero limitadas en tanto pretenden erigirse en criterio último de realidad. La tercera, en cambio, no es una perspectiva más, sino la idea regulativa que permite que las perspectivas entren en diálogo.
La filosofía no tiene la misión de anular el pathos —eso sería inhumano—, sino de abrirle un camino hacia el logos sin que en el trayecto pierda su riqueza. No se trata de elegir entre la pasión y la razón, entre la experiencia personal y la verdad objetiva. Se trata de comprender que el conflicto, lejos de ser un fracaso, es la materia prima del pensamiento. Y que la verdad, ese horizonte siempre postergado, nos llama a salir de nuestras cavernas particulares para encontrarnos, no en la anulación de nuestras diferencias, sino en el espacio común que nace cuando ambas decidimos buscarla con sinceridad.
Esa, al menos, es la apuesta que como aspirante a ayudante de filósofo me atrevo a sostener. Porque si la filosofía sirve para algo, es precisamente para enseñarnos que la verdad no es lo que tenemos, sino aquello hacia lo que, juntos, podemos caminar.
