
Por El Observador desde Los Pinos
Ah, la justicia. Ese concepto tan bonito que nuestros políticos mencionan en cada campaña con la misma convicción con la que un niño promete comerse la verdura. “Justicia pronta y cumplida”, dice el mandato constitucional. Una frase que suena casi poética, como un susurro de sirena en alta mar. Lástima que, en este país, esa sirena haya naufragado, se haya ahogado en el Mar Muerto de la burocracia y, para cuando logra emitir un sonido, ya ni los peces la recuerdan.

Porque si algo caracteriza a nuestra querida clase política es su talento para la inmortalidad procesal. Mientras un ciudadano de a pie espera tres años por una resolución sobre una multa de tráfico, un alcalde o diputado imputado puede alargar su causa hasta que sus nietos terminen la universidad. Y no es casualidad. Es estrategia. ¿Para qué correr si el tiempo juega a su favor? La prescripción, ese milagro legal que convierte delitos en anécdotas. La acumulación de recursos, ese arte marcial que consiste en cansar al juez hasta que se jubile. Y mientras tanto, el político sigue en su escaño, sonriendo, votando leyes sobre la celeridad judicial que él mismo sabotea.
El problema no es que la justicia sea lenta. El problema es que la lentitud tiene dos velocidades: la de los mortales (turbo) y la de los aforados (caracol con muletas). Para un empresario corrupto, el proceso es como una telenovela venezolana: larga, repetitiva y con final previsible. Para un ciudadano común, es como esperar el bus en una parada fantasma. Para un político, es un simple trámite administrativo que, si se alarga lo suficiente, se convierte en un brindis con champán en el momento de la absolución por “falta de pruebas” (las pruebas, claro, prescribieron junto con la paciencia del fiscal).
Y luego está el canto de sirena. Ese discurso de “justicia independiente”, “lucha contra la corrupción” y “mano dura” que escuchamos cada cuatro años. Lo prometen en televisión, lo escriben en programas electorales con tipografía dorada, y al día siguiente de ganar las elecciones, lo archivan en la misma carpeta donde guardan sus promesas de bajada de impuestos y fin de la corrupción. Porque en el Mar Muerto de la política Tica o donde cada cual ponga su ejemplo favorito), la justicia no es un derecho, es un espejismo. Las sirenas cantan, sí, pero su voz no llega a ningún puerto: se disuelve en la salmuera de los recursos procesales, las recusaciones, los cambios de juzgado y las vacaciones judiciales.
Lo más sarcástico de todo es que nadie se escandaliza ya. La lentitud de la justicia para con la clase política se ha convertido en un chiste recurrente, en un lugar común, en ese tema de conversación que empieza con “no te rías, que es triste” y termina con una cerveza y un encogimiento de hombros. Ya no pedimos justicia pronta y cumplida. Pedimos justicia antes de que el imputado saque su segundo libro de memorias. O antes de que su partido le done la medalla al mérito parlamentario.
Así que sigamos así. Con nuestros jueces saturados, nuestros políticos blindados y nuestros ciudadanos convencidos de que la justicia es como el horóscopo: algo que todo el mundo menciona pero nadie usa para tomar decisiones importantes. Al fin y al cabo, ¿quién necesita justicia cuando tenemos paciencia? Especialmente esa paciencia infinita que la clase política nos regala cada vez que un juicio se alarga más que la esperanza de vida de un gobierno estable.
Que la sirena siga cantando. Aquí, en este Mar Muerto, ya nadie escucha
