
Si no se ríe es porque el galán le trajo mamajuana de punta cana…
Por: La Observadora desde Los Pinos
Ah, la sororidad. Esa palabra tan bonita que algunas aprendimos en los libros y otras, directamente, en el taller de maquillaje de la tele. Según las teóricas, significa solidaridad entre mujeres, hermandad, apoyo incondicional sin importar banderas, credos ni si usamos el mismo tono de base. Pero en la política criolla —esa tierra de encanto donde hasta los principios se vuelven transables— la sororidad se ha convertido en un concepto a la carta. Como el delivery: aplica solo si el pedido conviene.
Veamos los ejemplos prácticos, porque la teoría es muy linda pero no vende en campaña.

Caso 1: Una mujer denuncia acoso por parte de un compañero del partido rival. Entonces, la sororidad opera con manual de instrucciones: se twittea “hermana, te creemos”, se organiza un pañuelazo virtual y se pide renuncia inmediata. Perfecto. Así debe ser.
Caso 2: Una mujer denuncia acoso por parte de un compañero del propio partido o coalisión. Entonces ocurre el milagro de la sororidad selectiva: se pide “esperar la investigación interna”, se duda del contexto, se recuerda que “no todo es tan blanco o negro” y, de repente, la denunciante pasa de “hermana” a “infiltrada” o “traidora” con velocidad supersónica. La sororidad, en esos casos, se disuelve como Alka-Seltzer en un vaso de eufemismos.
Y qué decir cuando dos mujeres compiten por el mismo cargo. Entonces la sororidad se guarda en un cajón con candado. Porque si la otra es de otro espacio, automáticamente se convierte en “la empleada”, “la tonta útil” o “la que solo llega por cuota”. Las declaraciones públicas pasan del “compañera” al “no me merece ni un comentario”. Y eso, curiosamente, también lo hacen las que se declaran feministas a ultranza. Ojo, no todas. Pero las que callan cómplices son las que más duelen.
La moraleja, para quien quiera ver más allá del espejismo electoral, es triste y cristalina: la sororidad, en la política criolla, no es regla; es recurso retórico. Se invoca cuando la hermana es útil. Se entierra cuando la hermana es incómoda. Y se niega cuando la hermana es rival.
Así que ya saben: si alguna vez escuchan a una política hablando maravillas de la sororidad, revisen primero qué tiene para ganar o perder. Porque entre mujeres que se dicen defensoras de mujeres, a veces la única hermandad verdadera es la del cinismo.
Atentamente: Una feminista que sigue pensando que la sororidad debería doler en el orgullo, no en el bolsillo ni en la conveniencia.
