Por: El Observador (desde la sombra de Los Pinos, donde el eco de los bombetas aún retumba)
Estimado lector, siente sus posaderas en la butaca y prepárese para un ejercicio de arqueología política. Hoy no hablaremos de economía, ni de seguridad, ni siquiera de la intrascendente gotera que amenaza con derrumbar el sector norte del luminar. Hoy cavaremos en el estiércol más nutritivo del poder: sus lambiscones, bufones y sus rasputines esa fauna bufonesca que, como las cucarachas, sobrevive a cualquier fumigación.
Ahí estaban ellos. En el salón a vista de pájaro de Los Pinos, antes de que el último autoproclamado redentor convirtiera el luminar en circo donde pululaban los magos del tarot, los astrólogos de closet y los chamanes con tarjeta de crédito. Pero no se equivoque, querido lector: los verdaderos rasputines no usan barba ni mirada hipnótica; usan chaleco de pana y anteponen la palabra “consultor” antes de vomitar una estupidez.
Recordemos al bufón mayor, ese espécimen que asiente con la cabeza como un perro de taxi en el tablero de un carro. Su única función es reírse de los chistes del jerarca de turno, aunque el chiste sea tan malo como su último índice de aprobación. Si el señor dice que “el sol brilla de día”, el bufín (diminutivo de bufón) suelta una carcajada histriónica y añade: “¡Y gracias a su liderazgo!”.
Luego están los aduladores de palacio, esos seres viscosos que pasan de jurar amor eterno a ofrecer sus servicios retóricos sin mediar rubor. Son las rémoras del poder.
Lo más patético del rasputín moderno no es que mienta; es que cree su propia mentira. Se siente el asesor oculto, el que susurra al oído del poder de turno. Ese energúmeno que le asegura que su ocurrencia del momento es “revolucionaria”, cuando en realidad es solo un copia-pega de una fallida política de un cantón lejano.
Y usted, ciudadano, se rasca la cabeza y se pregunta: “¿Por qué no los espantan?”. Ah, amigo lector, porque el poder sin aduladores es como una telenovela sin villanos: aburrida y realista. Un gobernante que escuchara verdades no pasaría de la primera página del chismómetro del barrio. Necesita a sus rasputines para que le reciten horóscopos favorables, a sus bufones para que le oculten la soga al cuello y a sus aduladores para que disfracen la peste a cadáver político con perfume de su “legado histórico”.
Hoy, desde el frío y brumoso zacatal de Los Pinos (donde ya sólo merodean caminantes y algún loco nostálgico en busca de hongos comestibles), el Observador se quita el sombrero ante esa corte de imbéciles sublimes. Porque si hay algo más persistente que el pueblo en la adversidad, es el baboso de palacio sobreviviendo al siguiente cuatrienio.
Que Dios (y algún escándalo bien filtrado) nos coja confesados.
Atentamente,
El Observador
“Verlo para no creerlo, pero reírlo para no llorarlo”
