
Un ejercicio de creatividad jurídica en La Unión
Por: El Observador Desde Los Pinos
Vaya espectáculo de precisión legal nos ha regalado la Municipalidad de La Unión. En un alarde de rigor administrativo, han logrado lo que pocos creían posible: declararse 100% cumplidores de una sentencia, mientras en el cerro los deslizamientos y el tránsito de maquinaria parecen celebrar su propia fiesta de la desobediencia. Qué elegancia, qué finura en el arte de la delegación.

Según el municipio, cumplieron anulando una licencia comercial. Lo que no pudieron evitar —¡ay, el drama!— es que la tierra se siga moviendo y las máquinas solo susurran. Pero tranquilos, ciudadanos: todo está en orden. El verdadero poder, nos explican con paciencia de notario, reside en la Dirección de Geología y Minas.
La Municipalidad, en un acto de humildad institucional, se limita a observar, reportar y… esperar. ¿Que hay riesgo latente? Por supuesto. ¿Que las comunidades están inquietas? Naturalmente. Pero la ley, esa entelequia sagrada, no les permite hacer más. ¡Bravo por el respeto al procedimiento!
Es fascinante su interpretación del “riesgo latente”: una amenaza que crece, pero que no merece alertas municipales porque —atención al argumento— la competencia es de la CNE. O sea, el peligro puede aumentar, pero la burocracia debe respetar sus turnos. Mientras tanto, el Comité Municipal de Emergencias se dedica a algo tan loable como “coordinar, seguir y articular”. Todo menos articular una acción contundente, claro.
Y qué decir de la clausura. Sellos en el quebrador, sellos en el portón… pero la concesión minera sigue viva. Un gesto teatral impecable: parece que se hace algo, sin hacer nada que altere el statu quo. La empresa dice que sin extraer no hay dinero para estabilizar el terreno. Una lógica económica impecable: para evitar el desastre, primero hay que seguir explotando. ¿Alguien da más?
La joya de la corona es su defensa ante una posible tragedia: “La responsabilidad sería de Geología y Minas y de la CNE”. Lo dicen con una tranquilidad que asombra. Han hecho su parte: oficios, giras, informes. El resto no es —repiten— competencia suya. Han convertido la pasividad en un arte institucional: el riesgo es latente, la acción es remota.
Entre tanto, la pregunta incómoda flota: si el riesgo es tan evidente y las competencias tan claras, ¿por qué la emergencia no se declara, la maquinaria no se detiene y el cerro no se estabiliza? Ah, pero eso sería pedir demasiado. Mejor sigamos el juego: cada quién en su rol, cada institución en su trinchera legal, mientras el cerro y la comunidad aguantan lo que sea.
Al final, uno termina admirando esta coreografía perfecta donde nadie tiene la culpa, todos cumplen y el peligro… el peligro sigue ahí, latente, pero eso sí, bien documentado en oficios que pronto —¡prometen!— estarán en un buscador en su página web.
Desde Los Pinos, solo nos queda aplaudir tan sofisticado ejercicio de gestión del riesgo: donde la inacción, convenientemente enmarcada en leyes y competencias, se viste de eficacia administrativa. Bravo.