Por. Gerardo Vindas

La falta de oportunidades de trabajo y de espacios reales para la recreación y el deporte no es un problema menor: es una bomba social en cuenta regresiva. Después de la crisis provocada por la COVID-19, miles de familias quedaron devastadas. Negocios cerrados, empleos perdidos, sueños truncados. Y lo más grave: una herida emocional colectiva que aún sangra en silencio.
El desempleo no solo vacía bolsillos, también rompe hogares, debilita la salud mental y empuja a muchos —especialmente a los jóvenes— hacia caminos de riesgo. Cuando el Estado no genera oportunidades, otros actores sí lo hacen, ofreciendo salidas rápidas que terminan destruyendo vidas. No podemos fingir que no vemos lo que está ocurriendo en nuestras comunidades.
Nuestros barrios están llenos de talento, pero también de abandono. Hay canchas deterioradas, salones comunales cerrados y espacios públicos desperdiciados que podrían convertirse en centros de formación técnica, emprendimiento, arte y deporte. Lo que falta no es espacio: falta voluntad política y compromiso real.
Los gobiernos locales no pueden seguir administrando la inercia. Gobernar es transformar. Es crear programas sostenibles, abrir puertas a la capacitación, impulsar alianzas con el sector privado y priorizar a la población más vulnerable. No se trata de discursos en campaña, sino de acciones medibles y permanentes.
Invertir en oportunidades es invertir en seguridad, en paz social y en futuro. Ignorar esta realidad es condenar a una generación entera a la frustración y al resentimiento. El tiempo de los diagnósticos terminó. Es hora de decisiones valientes y resultados concretos.