MI AMIGO EL PINTOR

Dedicado a Toño Madrigal, qdDg

Por Wálter Guzmán Granados

walterggg@ice.co.cr

No me pregunten su nombre que no lo recuerdo, creo que era Manuel, Antonio o Francisco, la verdad: me parece que nunca lo supe, hasta el día que, después de muchos años de fallecido, se lo pregunté a uno de sus hermanos.  Pero sí tengo muy presente que le decíamos Madrigal, que era su apellido; también, lo llamábamos por mal nombre el “30-30” o el “Cuatro Plumas”.

Siempre fue una persona de contextura mediana y delgada, algo esquelética, tal vez por las hambres que sufría producto de su enfermedad, era algo encorvado, su pelo lacio se mantenía bien peinado y siempre brilloso por la acumulación de grasa.  Amigo de cualquier persona, amable, respetuoso y en su demacrada y arrugada cara eternamente se marcaba una sonrisa, la que muchas veces creí había sido pintada con los hilos de un fino pincel.  Algunas cosas supe de él; ya fuera porque las viví o bien por los chismes de la gente, pero de una cosa sí estoy seguro:  nunca pronunció ni dirigió palabras incorrectas a sus semejantes.  Al contrario, me parece escuchar sus estribillos ya gastados, pero siempre cargados de ternura y amistad: “Adiós mi princesita”, “Soy el 30-30”, “Dios me lo acompañe”, “Diay hermanito, feo como siempre”, y otros más.

Había nacido con estrella, de sus dedos salía de la manera más natural cualquier tipo de figura que bañaba con la inspiración fresca de la infinidad de colores que la química le permitía preparar.  Todo lo aprendió en las calles, su vida humilde no le favoreció para lograr el conocimiento que en las aulas se adquiere, tampoco recibió el consejo prometedor de algún maestro experimentado.  Sin embargo, poseía una facilidad y una magia para expresar sus sentimientos, que se alimentaban con el amor que depositaba en sus trabajos.  Esto le permitió obtener las herramientas necesarias para impregnar de belleza, fantasía y color las paredes de aquellos negocios sucios, fríos y monótonos en los que acostumbrada ennegrecer su futuro.

Su vocación artística creció, pero para su desgracia y su desdicha también creció su afición al licor.  Con el pasar de los años perdió muchas cosas; entre ellas, su respeto y poco a poco su existencia. Su valor de artista se fue cubriendo de temblorosas manos, alientos fétidos a licor y fúnebres colores.  Su inspiración, en cualquier momento, era trocada por un puñado de destructivas pero codiciadas monedas, las que servirían para saciar su apetito al alcohol, aquel que progresivamente le iba carcomiendo su tormentosa vida, cada vez más corta y quejumbrosa.

Muchas veces lo vi dormitar sobre su insignificante existencia, sumido en su averno de impotencia y orleado de pestilentes olores a licor, cigarrillos y sudor, acumulados por muchas horas de continua desolación y futuros sin presente.  Usaba de almohada su harapiento sino y como cobija solo tenía el abrigo tejido con los hilos de sus esperanzas.  Mientras tanto, su debilidad montaba guardia para que los años no le siguieran robando su valor de hombre y por otro lado, para que no se le arrimaran sus amigos sin alma a hurtarle las pocas monedas que algunas veces recibía a cambio de unos colores, a cambio de su existencia.

Cuando la oscuridad de su destino no le permitía ni siquiera mirar su presente, escuchó los consejos de unos amigos del prójimo, de esos que tienen en su pecho una callosidad falsa de tanto golpearse con su mano derecha.  Inmediatamente y como un autómata inició la repetición de una cansada y gastada oración, la que le ayudó para lograr una metamorfosis sorprendente.

Pero que difícil ser un estereotipado lleno de epigramas.  Caminó por muchos días tratando de saltar y sobrellevar los prejuicios que un harapo sin alma deja en las personas.  Su maltrecho pecho no soportó los golpes diarios que debía darse en compañía de sus amigos, y probablemente, las oraciones no se decían con la fuerza necesaria, o bien, se gastaron aún más, pues mi amigo el pintor volvió a visitar los lugares donde se encontraban aquellos compañeros multicolores que empeñaban su aliento por el amargo sabor del licor:  cuerpos sin alma, sin mañana; con cicatrices en el espíritu y hoyos profundos en sus caras que semejaban ojos.

—¿Qué hiciste amigo pintor? –murmuré entre sollozos-, mientras tanto mi pluma garabateaba este poema:

¿A dónde vas?  Caminas sin rumbo.

Te miro en mis ojos

aquí y allá, en la montaña

y en los ríos, en cualquier edificio,

y en cualquier cantina

embriagas tu futuro

de celestes ensueños

para que cuando este llegue:

no sea diferente al presente.

Eres el desvanecimiento del hombre,

agónico y sin vida en su interior.

Simplemente,

las esperanzas caen en

las profundidades de la inconciencia

y en el tenebroso abismo

se desvanece tu existencia.

—¿Saben algo amigos? –grité.  Creo que Madrigal se desvaneció.

Tal vez queden, en algún rincón abandonado, de algún viejo negocio, pinturas con colores desgastados, pálidos de existencia y fantasía, que cambió por unas monedas que le envenenaron su futuro y lo llevaron a pintar al infinito.

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