La Ironía

Friedrich Nietzsche, 1878

La ironía no es oportuna más que como método pedagógico de un maestro en sus relaciones con sus discípulos, de cualquier clase que sean; su fin es la humillación, la confusión; pero de esa especie saludable que despierta buenas resoluciones y que llega a obligarnos,  para quien nos ha tratado así, al respecto, a la gratitud, como a nuestro médico. El ironista afecta un aire de ignorancia, y esto hace que los que con el conversan sean engañados, adquieran seguridad en la convicción de su propia superioridad y ofrezcan así toda clase de motivos de ironía; pierden su reserva, se muestran tal como son, hasta que en un momento dado la luz que tenían en la boca de su maestro haga caer de manera muy humillante sus rayos sobre ellos mismos. Allí donde una relación semejante a la del maestro y el discípulo no tiene lugar, es un mal procedimiento, una vulgar afectación. Todos los escritores irónicos cuentan con aquella necia especie de hombres que se creen de grado superiores a todos los demás, justamente con el autor, a quien consideran órgano de su pretensión. El habito de la ironía, como el del sarcasmo, corrompe la moral, a la que confiere gradualmente calidad de maliciosa y zumbona superioridad: acabamos asemejándonos en definitiva al perro indiscreto que ha aprendido a reír pero olvido morder.

Humano, demasiado humano, Friedrich Nietzsche, 1878

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